Mostrando entradas con la etiqueta Biografías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Biografías. Mostrar todas las entradas

7 jul 2015

La extraodinaria historia de la mujer que cautivó a las masas con sus sermones como predicadora



Muchas veces se ha dicho que todas las religiones tienen un componente de teatralidad en sus ritos.

En ciertos casos, este elemento es llevado al extremo.

Esa es la historia de Aimee Semple McPherson, una de las mujeres más glamorosas de los años 20 y pionera entre los predicadores del evangelio pentecostal.

Para Aimee, la recreación de pasajes bíblicos mediante obras teatrales, pedir consejos de actuación a Charles Chaplin, e incluso desaparecer misteriosamente, formaron parte de su repertorio para difundir su mensaje.

Esta es la extraordinaria historia de la fundadora de la Iglesia Cristiana Cuadrangular, que actualmente cuenta con 8 millones de seguidores en más de 144 países del mundo.
De madre soltera a predicadora estrella

Aimee Elizabeth Kennedy nació en una granja en Ontario, Canadá, en 1890.

De joven conoció a un predicador pentecostal irlandés llamado Robert Semple con quien terminó casándose.

Al poco tiempo emprendieron un viaje como misioneros a Hong Kong, que culminó en desastre. Ambos contrajeron malaria y su esposo murió, dejándola embarazada.

Cuando regresó a Estados Unidos Aimee era otra mujer. Sintió una necesidad de predicar y recorrer el país llevando el evangelio.

"Era una oradora fascinante", cuenta su biógrafo Matthew Sutton.

"Sabía cómo utilizar trucos dramáticos para atraer a la audiencia y comenzó a ser muy popular. Pero lo que de verdad la hizo captar a las masas fue la habilidad de sanar a los enfermos imponiendo sus manos", explica Sutton.

Luego contrajo matrimonio nuevamente, pero esa unión con Harold McPherson no duró mucho. La ascendente fama de Aimee fue demasiado para él.

Divorciada y con un creciente grupo de seguidores, en 1923 decidió construir una sede permanente para su movimiento religioso en el vecindario Echo Park, en Los Angeles.

La iglesia, llamada Angelus Temple, tenía un escenario en el centro. "Contrataba actores, los mejores diseñadores de la ciudad, los mejores vestuaristas, maquilladores y técnicos de iluminación para montar impactantes producciones dramáticas", relata el biógrafo.

La biblia cobraba vida frente a los asistentes. "Era el mejor espectáculo de la ciudad", comenta, Steve Zeleny, archivista del templo.

"Ella podía llegar un día y decirle al equipo de construcción: quiero un caballo de Troya de seis metros de alto, que sea hueco por dentro. O quiero un barco gigante que tenga cañones y que salga humo de ellos".

Fue entonces cuando comenzó a buscar consejo de Charlie Chaplin sobre producciones artísticas. Con los años, la predicadora y la estrella de Hollywood desarrollarían una inusual amistad.

Luego compró una estación de radio para llegar hasta las casas de sus oyentes. La multitud que asistía a la iglesia eran tan grande que la fila para entrar daba vuelta a la cuadra.
La misteriosa desaparición

En plena cúspide de su popularidad, sobrevino uno de los episodios más extraordinarios de la vida de Aimee.

El 18 de mayo de 1926 la predicadora fue en compañía de su asistente a la playa Venice, en Los Angeles, para nadar y escribir un sermón.

La asistente la dejó un momento para hacer una llamada telefónica en un hotel cercano. A su regreso Aimee ya no estaba.

Cuando llegó la noche y no había señales de su paradero, muchos de sus seguidores se abalanzaron a la playa para unirse a los desesperados equipos de búsqueda.

En el operativo se ahogó un hombre que nadó mar adentro al confundir el cuerpo de dos focas muertas con el de Aimee.

Con los días la incertidumbre generó un estado de histeria. "Un periódico local incluso llego a especular que un monstruo marino había sido visto en los alrededores de la playa", contó Sutton.


Durante cinco semanas los periódicos compitieron entre sí con diversas teorías para explicar la situación.Algunos pensaron que había sido ese monstruo el responsable de la desaparición.

La gente comenzó a resignarse, y a creer que eventualmente McPherson resucitaría milagrosamente.
La "resurrección" inesperada

Y en efecto, un día de junio Aimee apareció de la manera menos esperada.

Se encontraba en un pequeño pueblo de Agua Prieta, en la frontera entre el estado de Arizona y México.

La historia que contó fue justo lo que los medios hubiesen querido escuchar.

"Dijo que había estado caminando durante horas luego de escapar de un pequeño cobertizo donde tres hombres la había mantenido cautiva", relata Kim Cooper, una seguidora de Aimee.

McPherson resaltó que estando en la playa se le acercaron tres hombres para pedirle que sanara a un niño.

Ella los acompañó hasta el vehículo donde supuestamente se encontraba el pequeño. "Cuando se inclinó dentro del auto para ver al niño la empujaron y la durmieron con cloroformo", relata Cooper.

Sin embargo, no todo el mundo apoyó esta versión.

Para Sutton, la predicadora se escapó con su ingeniero de sonido, Kenneth Ormiston, quien estaba casado y desapareció al mismo tiempo que ella.

"Creo que huyó con él, y luego de un mes viendo todo el revuelo que se había originado, decidió preparar una dramática reaparición. El secuestro fue la mejor idea que se le pudo ocurrir en ese momento".
El ocaso

Luego de la reaparición, Aimee enfrentó una investigación de un gran jurado sobre el suceso, pero la atención se centró más en su vida privada, y aunque no tuvo consecuencias legales, afectó seriamente su reputación.


El episodio inspiró libros y musicales. Por ejemplo, Cole Porter, la representa en la obra "Anything Goes" como Reno Sweeney, una predicadora sensual.

Con los años McPherson se retiró a las afueras de Los Ángeles, donde construyó una casa inspirada en los castillos medievales del Medio Oriente, que conociera en sus viajes.

La casa estaba diseñada con pasajes subterráneos para poder evitar la continua presencia de reporteros y seguidores.

El escándalo por el "secuestro" y posteriores peleas internas por la dirección del movimiento religioso fueron restándole popularidad y permanentemente recibía un trato duro de la prensa.

Su momento había pasado.
Su legado: religión y medios de comunicación

Hoy en día sus seguidores dicen que esos escándalos opacan una trayectoria importante, en particular apoyando a más de 1,5 millones de personas con comida y ropa durante la Gran Depresión.

Para Jane Shaw, profesora de estudios religiosos en la Universidad de Stanford, el principal legado de McPherson es "combinar una religión conservadora con un medio de comunicación moderno".

Su influencia, a través de la emisora de radio, sirvió de referencia para los modernos teleevangelistas en Estados Unidos.

Aimee murió el 27 de septiembre de 1944. Su cuerpo fue encontrado en un cuarto de hotel en Oakland, California, luego de participar en un servicio religioso.

Tenía 53 años y por mucho tiempo había sufrido de insomnio. En su organismo encontraron una alta dosis de sedantes. Sus seguidores, siempre han rechazado la idea del suicidio.

23 ene 2012

BIOGRAFÍAS: TIMOTEO


(en griego, temeroso de Dios). Hijo espiritual (2 Ti 2.1), compañero y ayudante (Flp 2.19–22) de Pablo. Nació en Listra de madre judía (• Eunice) y padre griego (Hch 16.1; 2 Ti 1.5). Fue altamente estimado por los hermanos en Listra e Iconio (Hch 16.2). No se sabe cuándo se convirtió pero se supone que fue durante el primer viaje de Pablo, cuando pudo presenciar los sufrimientos del apóstol (2 Ti 3.11).

Al separarse Bernabé y Pablo, este tomó a Timoteo para reemplazar a Juan Marcos (Hch 15.36ss). Pablo lo circuncidó (Hch 16.3). Cuando Pablo tuvo problemas en Tesalónica y en • Berea, Timoteo se quedó allí con • Silas mientras Pablo se trasladaba a Atenas (Hch 17.14). Se reunieron en Corinto (18.5) y siguieron juntos hasta Éfeso, desde donde lo enviaron con Erasto a Macedonia (Hch 19.22). Por último, aparece entre los que acompañaron a Pablo en el viaje a Jerusalén (20.4).

Pablo lo menciona como coautor de varias de sus cartas y le escribió dos cartas personales. Lo enviaron a Tesalónica a confirmar a los creyentes (1 Ts 3.1–5). Pablo lo describe como un siervo de Dios en el evangelio con algún prestigio entre los apóstoles (1 Ts 2.6; 3.2). Fue emisario personal de Pablo a Corinto con una misión delicada y lo recomienda cariñosamente (1 Co 4.17; 16.10). Pablo exhorta a los corintios a enviarlo de regreso en paz. En 2 Co es Tito el emisario, lo que insinúa que Timoteo dejó algunos problemas sin resolver en Corinto y que no tuvo éxito.

Las cartas de la cautividad de Pablo presentan a Timoteo como fiel compañero y colaborador. Pablo lo envió a fortalecer las iglesias gentiles (Flp 1; Col 1; Flm 1). En Flp 2.19 aparece llevando un informe directo del estado de la iglesia filipense. Fue uno de los que más trabajó para levantar las iglesias gentiles. Pablo destaca el genuino interés que Timoteo tiene en los creyentes (Flp 2.20–23).

Cuando Pablo salió de la prisión y reanudó la actividad misionera en el este, dejó a Timoteo en Éfeso (1 Ti 1.3) y le encargó la reorganización de la iglesia. Más tarde, cuando Pablo volvió a caer preso, Timoteo acudió prestamente a Roma, pero es imposible fijar la fecha de su llegada. Solo sabemos que Timoteo mismo estuvo prisionero en Roma (Heb 13.23).

Las epístolas pastorales presentan a Timoteo como pastor y dan un cuadro más completo de su personalidad que las vagas referencias de 1 y 2 Co. Era muy afectivo pero tímido (2 Ti 1.4, 7). Necesitaba las amonestaciones personales de Pablo. Ninguno de los compañeros de Pablo recibió de este tan ardientes elogios por su lealtad (Flp 2.21s).

Es fácil inferir que Pablo veía en él a su natural sucesor, dados sus esfuerzos y virtudes.

ADEMAS...

Primera de Timoteo 3.1–7 (cf. 5.17) y Tito 1.5–9 demuestran decididamente que las Epístolas Pastorales se escribieron cuando los obispos, ancianos y diáconos no formaban una jerarquía. La separación de estos cargos ocurrió en el siglo II, según Ignacio (ca. 110 d.C.).


Pablo escribió a Timoteo para animarle en la fe (1.18, 19) y para que supiera cómo debía comportarse en la iglesia (3.15). Le da instrucciones sobre la oración pública, la elección de los líderes, el cuidado de las viudas, etc.; recalca la necesidad de una doctrina unida a una vida santa y lo alerta en contra de los falsos maestros.

1. Encabezamiento y saludo: 1.1, 2
2. Lucha contra los falsos maestros: 1.3–20
3. Gobierno de la iglesia: 2.1–3.16
4. Polémica contra los herejes: 4.1–11; 6.3–10
5. Timoteo y el ministerio: 4.12–5.25
6. Conclusión: 6.20, 21


De 2 Timoteo

Pablo se hallaba otra vez preso en Roma, esperando el final, cuando escribió esta epístola (4.6–8). Ruega a Timoteo que venga a verle trayéndole ciertos libros y su capa, pues se aproximaba el invierno (4.9–13).

Toda la epístola es un llamado ferviente a la fidelidad a Cristo y a su evangelio, con nuevas advertencias sobre el peligro de índole moral y doctrinal. Por el tono emocional que embarga toda la carta, puede considerarse como el testamento de Pablo.

1. Encabezamiento y saludo: 1.1, 2
2. Acción de gracias y entrada en el tema: 1.3–5
3. Exhortaciones a Timoteo: 1.6–2.13
4. Polémica contra los herejes: 2.14–3.17
5. Despedida de Pablo: 4.1–8
6. Conclusión: 4.9–22

Bibliografía:
J. Collantes, La Sagrada Escritura, B.A.C., Madrid, 1965. NT II, pp. 954–1096. G.T. Manley, (ed.), Nuevo auxiliar bíblico, Editorial Caribe, San José, 1958. IB II, pp. 471–484. BC VI, pp. 676–715. INT.


8 dic 2009

LEVÍ, LEVITAS

Tercer hijo de Jacob y Lea y su descendencia. Nació en Padan-aram, lugar del destierro de Jacob cuando este huyó de su hermano Esaú (Gn 27.41ss). Junto con su hermano Simeón, Leví llevó a cabo la matanza a traición de los habitantes de Siquem, en venganza por la deshonra de su hermana, Dina. Esta había sido violada por Siquem, hijo de Hamor heveo (Gn 34). Por eso, en su profecía final Jacob censuró a estos dos hijos suyos y con dolor les negó la unidad tribal (Gn 49.5, 6). En cuanto a Leví este castigo se modificó más tarde por el celo de sus descendientes manifestado en la destrucción de tres mil de los idólatras culpables de la orgía alrededor del becerro de oro (Éx 32.25–29).

Los nombres de los tres hijos de Leví nacidos en Egipto corresponden con las divisiones principales de los levitas: Gersón, Coat y Merari (Gn 46.11; Éx 6.16ss; Nm 3.17ss; 1 Cr 6.16–48). Moisés y Aarón eran de la familia de Coat por parte de su padre, Amram. Su madre, Jocabed, también era de linaje levita (Éx 6.18ss).

Por herencia el sacerdocio pertenecía a la familia de Aarón. Los levitas representaban el tercer grado en la jerarquía eclesiástica compuesta también del sumo sacerdote y los sacerdotes. Ocuparon el lugar de los primogénitos de las otras tribus que por derecho pertenecían a Dios (cf. la muerte de los primogénitos egipcios en la lucha con Faraón antes del éxodo). En el censo había 22.273 primogénitos de los hijos de Israel y solo 22.000 levitas que iban a ser dedicados a Jehová en vez de aquellos. Para redimir a los 273 restantes fue necesario pagar cinco siclos por cada uno (Nm 3.9, 11–13, 40, 41; 8.16–18).

Como oficiales encargados del culto, los levitas cuidaban del santuario y ayudaban a los sacerdotes (Nm 1.50; 3.6, 8; 18.2; 1 Cr 23.28; Esd 3.8, 9). En el cuadro del campamento ideal de Israel los levitas levantaban sus tiendas alrededor del tabernáculo, eran los guardianes y lo conducían de lugar en lugar; cada una de las tres familias cargaba una parte (Nm 1.50; 2.1–3.39). Más tarde, al construirse el templo, se encargaban de cuidarlo y velar por las actividades que se llevaban a cabo en él. Ayudaban a los sacerdotes a preparar los sacrificios y a recaudar y distribuir las contribuciones del pueblo (2 Cr 30.16, 17; 35.1ss). Se hicieron cargo del canto y los instrumentos de música (2 Cr 30.22; Neh 8.7).

Servían en el santuario desde los 25 ó 30 años de edad hasta los 50 (Nm 4.3; 8.24, 25), aunque parece que David estableció la edad de 20 años como requisito para ingresar al servicio (1 Cr 23.24–27). Después de cumplir los 50 años el levita podía servir en la guardia, pero no para ministrar dentro del santuario (Nm 8.25).

Los levitas moraban en cuarenta y ocho ciudades, con sus ejidos, esparcidos entre las otras tribus (Lv 25.32ss; Nm 35.1–8; Jos 21.1–4). De estas ciudades, trece pertenecían a los sacerdotes y seis estaban designadas como ciudades de refugio (Nm 35.1–8; Jos 20 y 21). Se mantenían por las ofrendas del templo y los diezmos del grano, fruto y ganado (Nm 18.18–24). Ellos a su vez entregaban a los sacerdotes la décima parte de sus diezmos (Neh 10.37, 38), pues como no eran dueños de ninguna tierra estos diezmos se consideraban las primicias que debían ofrecer al Señor.

Como los sacerdotes, los levitas ministraban en el santuario por turnos según su orden (1 Cr 24.31; 28.13, 21; 2 Cr 8.14; Neh 13.30). Los ritos dedicatorios de purificación propiciaban su santidad simbólica (Nm 8.5–13). La Biblia no habla de una vestimenta especial para los levitas, pero según Josefo los cantores levíticos recibieron del rey Agripa II el privilegio de vestir túnicas sacerdotales de lino.
En el Nuevo Testamento hay referencias a los levitas en Lc 10.32; Jn 1.19 y Hch 4.36.

17 ago 2009

MATEO

(griego, del hebreo Mattai, abreviatura de Mattanya, que significa regalo de Dios). Uno de los doce apóstoles de Jesús, aunque su nombre no aparece en todas las listas de estos (Mt 10.3; Mc 3.18; Lc 6.15; Hch 1.13). Solo Mateo 10.3 informa que era • Publicano. Según Mt 9.9, Mateo se encontraba sentado en el puesto del cobrador en Capernaum cuando el Señor lo llamó. En los pasajes paralelos, sin embargo, a este apóstol se le llama • Leví, y Marcos añade la frase «hijo de Alfeo» (Mc 2.14; Lc 5.29). Sin duda se ha de ver en Mateo/Leví un nombre doble.

La cena ofrecida después del llamamiento de Mateo parece haber tenido lugar en la propia casa de este (Mt 9.10 indica sencillamente «en la casa»; Mc 2.15 y Lc 5.29 rezan: «en su casa», que difícilmente podría referirse a la de Jesús). Cabe notar que como aduanero sabría escribir y que además del arameo, conocía también el griego.
Fuera de los textos mencionados no hay otra referencia personal a Mateo en el Nuevo Testamento. Papías (siglo II d.C.) dice que Mateo «compiló los oráculos [del Señor] en lengua hebrea [o sea, arameo], y cada uno los traducía [o interpretaba] luego como podía».

Por tanto, la iglesia primitiva creía que Mateo era el autor del Evangelio que lleva su nombre, a pesar de que este Evangelio se escribió en griego.

Hoy muchos eruditos no creen que Mateo haya sido el autor del Evangelio, si bien algunos admiten que posiblemente fuera compilador de los dichos de Jesús, o de las numerosas citas del Antiguo Testamento, y que por eso lleva su nombre. Otros suponen que Mateo fue secretario del grupo de discípulos que registró los dichos de Jesús, y así se constituiría en el autor. Sin embargo, en el Evangelio mismo no se identifica al autor.

JOSÉ, MARIDO DE MARÍA

Descendiente de David, desposado con • María. Como su • Genealogía se hallaba registrada en Belén, tuvo que viajar hasta allá desde su ciudad, Nazaret, con motivo del empadronamiento ordenado por Augusto César (Mt 1.16; Lc 2.4).

Según Mt 1.19, era «justo», lo que señala su piedad y sumisión a la Ley, y a juzgar por Lc 2.24 también era pobre. La amarga experiencia descrita en Mt 1.18s sin duda correspondió al momento en que María regresó de su visita a Elisabet (Lc 1.39–56), José determinó romper el compromiso con ella, pero por compasión quiso hacerlo en secreto, sin tomar las medidas públicas acostumbradas. Sorprendido por una revelación (Mt 1.20s), aceptó con fe la concepción milagrosa del niño y se apercibió para cumplir su importantísimo cometido como guardián del Mesías. Se casó legalmente con María (Mt 1.24), aunque sin unirse todavía con ella (v. 25), de modo que el niño nació como si fuera «hijo de José» (Mt 13.55; Jn 1.45; 6.42).

Junto con María, y por orden del edicto de Augusto César, José fue a Belén muy cerca del tiempo en que habría de nacer el niño (Lc 2.1–7), y al nacer le puso por nombre Jesús (Mt 1.25; Lc 2.21). Después de los acontecimientos descritos en Lc 2.22–39 y Mt 2.1–12, huyó con María y el niño a Egipto (Mt 2.13ss). Volvió a Palestina, aparentemente con la intención de radicar en Judea, después de la muerte de Herodes, pero una nueva revelación divina lo llevó hasta Nazaret (Mt 2.19–23). En este lugar ejerció el oficio de tekton, es decir, obrero de la construcción, carpintero, ebanista (cf. Mc 6.3; donde a Jesús también se le llama tekton).

Después José solo aparece como protector del niño Jesús. Participa de la incomprensión de María frente a la declaración de Jesús respecto a su misión especial (Lc 2.41–52). La interpretación natural de varios textos implica que era padre de varios hijos e hijas con María (Mt 1.25; 13.55; Mc 3.31–35; Jn 7.5; • Hermanos de Jesús). No se le nombra más con María y los hermanos de Jesús, y la entrega que Jesús hace de su madre al cuidado de Juan, al pie de la cruz, hace pensar que José ya había muerto entonces (Jn 19.26, 27).

29 jun 2009

MARCOS

Judío de Jerusalén mencionado en Hechos, en las cartas de Pablo y 1 Pedro, e identificado tradicionalmente con el autor del segundo Evangelio (• Marcos, Evangelio de).

Llevaba dos nombres: «Juan», nombre hebreo, y Marcos, sobrenombre romano (Hch 12.12, 25; 13.5, 13; 15.37, 39). Era hijo de una viuda rica llamada María, cuya casa era centro de reunión para los primeros cristianos en Jerusalén (Hch 12.12–17), pero no se sabe cuándo Marcos abrazó el cristianismo. Llevado a Antioquía por Bernabé y Pablo (12.25), Marcos los acompañó también en el primer viaje misionero en calidad de ayudante (13.5), encargado probablemente de los arreglos del viaje (comida, hospedaje, etc.). Por razones que se desconocen (¿disensiones en algunos puntos de vista?), se separó de Bernabé y Pablo y volvió solo a Jerusalén (13.13), lo cual dio lugar a una desavenencia entre Pablo y Bernabé cuando estaban a punto de salir para el segundo viaje (15.36–41).

El Marcos de Hechos y el que se menciona en Col 4.10; Flm 24 y 2 Ti 4.11 son una misma persona, como lo demuestra el hecho de que Pablo en Col 4.10 transmita a los colosenses el saludo de «Marcos, el primo de Bernabé». Este parentesco explica que Bernabé haya intervenido a favor de Marcos y lo haya acompañado a Chipre (Hch 15.39). A pesar de las divergencias relatadas en Hch 15, Marcos debía haberse reconciliado ya con Pablo cuando este escribió a los colosenses, puesto que se encontraba a su lado. La petición de 2 Ti 4.11 confirma la utilidad de Marcos en el ministerio de Pablo.

En 1 P 5.13 leemos: «La iglesia que está en Babilonia ... y Marcos, mi hijo, os saludan». Si admitimos que se trata de un mismo Marcos y que el autor de 1 Pedro es Pedro o un secretario allegado a él, Marcos debe haber trabajado con este apóstol en Roma, además de colaborar con Pablo. Hechos 12.12 y Papías, quien lo llama «intérprete de Pedro», evidentemente confirman esto. La expresión «mi hijo» es una muestra del cariño que unían al apóstol y su discípulo. Se ha conjeturado que el joven que «huyó desnudo» (mencionado solo en Mc 14.51s), fue Marcos. Según la tradición, Marcos fue el fundador y el primer obispo de la iglesia de • Alejandría y, años después, los venecianos se apoderaron de sus restos y los llevaron a Venecia, ciudad que ahora lo tiene como su santo patrono.

Bibliografía:
EBDM IV, cols. 1285–1287.

29 may 2009

PEDRO

(forma masculina de petra, traducción griega del arameo kefa que significa piedra, roca). Apóstol de Jesucristo que fue uno de los pilares de la iglesia primitiva.

PERSONAJE Y ORIGEN DEL NOMBRE

El Nuevo Testamento lo llama dos veces por el antiguo nombre hebreo «Simeón» (Hch 15.14; 2 P 1.1 Biblia de Jerusalén), cuarenta y ocho veces por el griego • «Simón», veinte veces (casi todas en Juan) por el compuesto «Simón Pedro», y ciento cincuenta y tres veces lo llama «Pedro» (equivalente al arameo Cefas, que aparece nueve veces).
Era hijo de Jonás (Mt 16.17; cf. Jn 1.42), casado (Mt 8.14; Mc 1.30; Lc 4.38; su esposa lo acompañaba aún en la época apostólica (1 Co 9.5), hermano de Andrés y, probablemente como este, afectado por el ministerio de Juan el Bautista (Jn 1.39s; Hch 1.22). Los Evangelios lo consideran oriundo de una ciudad a la orilla del mar de Galilea (• Capernaum, Mc 1.21–29 y/o • Betsaida, Jn 1.44), donde ejercía con su hermano y algunos socios el oficio de pescador (Mc 1.29; Lc 5.10). Quizás había tenido contactos con la cultura helénica y había aprendido el griego, pero conservaba el acento galileo de su arameo materno (Mc 14.70). Se le consideraba un hombre sin instrucción especial (Hch 4.13), aunque no hay por qué dudar de que supiera leer y escribir.

SU LLAMAMIENTO

Posiblemente Pedro conoció a Jesús a través de Andrés (Jn 1.41), antes de su llamado personal, casi al comienzo del ministerio en Galilea (Mc 1.16s). Después fue agregado al grupo íntimo de los doce (Mc 3.16ss), en cuya lista siempre ocupa el primer lugar (Mt 10.2; Mc 3.16; Lc 6.14). Jesús le llamó Cefas (que significa Pedro) desde el comienzo, con miras al cambio de su carácter (Jn 1.42); Marcos lo llama siempre Pedro a partir de 3.16 y no hay razón para pensar que este nombre se originara en Cesarea (Mt 16.18).

PEDRO ENTRE LOS DISCíPULOS

Los evangelistas insisten en el lugar destacado de Pedro entre los discípulos. Forma parte del grupo de los tres más íntimos de Jesús (Mc 5.37; 9.2; 14.33). A menudo actúa en nombre de los doce (Mt 15.15; 18.21; Mc 1.36s; 8.29; 10.28; 11.21; 14.29ss; Lc 5.5; 12.41). Su confesión en Cesarea es representativa (Mc 8.27, 29) pues la pregunta se dirigió a todos. Fue testigo de la transfiguración (Mc 9.1; cf. 1 P 5.1; 2 P 1.16ss). Su jactancia en Mc 14.29ss quizás sea también representativa. Su debilidad es tan evidente como sus promesas de lealtad (Mc 14.66ss) y los Evangelios no la soslayan.

El mensaje de la resurrección señala especialmente a Pedro (Mc 16.7) y él es el que recibe una manifestación especial del resucitado (Lc 24.34; 1 Co 15.5). Aunque su papel en el cuarto Evangelio sea más atenuado y el discípulo amado juegue un papel más importante, la intervención de Pedro siempre aparece decisiva (por ejemplo, Jn 6.68s; 21.15–19).

LA CONFESIóN DE CESAREA

Mateo 16.17ss ha sido uno de los pasajes más debatidos, particularmente la sentencia del Señor: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia». No hay razón suficiente para dudar de la autenticidad de este pasaje, como algunos han pretendido, ni para ubicarlo en otro contexto, como han hecho otros (por ejemplo, Cullmann). Dos interpretaciones, ambas muy antiguas, se nos ofrecen como verosímiles:

1. La roca es lo que Pedro ha dicho: su fe o, más propiamente, la confesión de fe (Orígenes, Agustín, et al). La iglesia será constituida sobre esta confesión apostólica (cf. Ef 2.20).

2. La roca es el mismo Pedro (Tertuliano, et al).
La segunda interpretación es más simple y adecuada a la letra del pasaje (Mt 16.19 aparece en singular y tiene que haber sido dirigida al mismo Pedro). Debe quedar absolutamente claro, sin embargo, que esta interpretación (y el pasaje en cuestión) no tiene ninguna relación con la idea de una sucesión apostólica (la función que Pedro recibe es en pro de la fundación de la iglesia y por tanto irrepetible), ni con una autoridad absoluta («el poder de las • Llaves» se le atribuye a los doce, Mt 18.18) y reside en el anuncio de Jesucristo como el Hijo de Dios; no en una autoridad jurisdiccional (cf. Is 22.22; Mt 23.13; Ap 1.18; 3–7; 21.25). Pero no hay duda de un cierto primado de Pedro entre los apóstoles.

PEDRO EN LA IGLESIA APOSTóLICA

Según Hechos, Pedro toma un papel directivo en la comunidad naciente (1.15–22). Su predicación, centrada en la • Resurrección, es el testimonio de todo el grupo apostólico (2.14–36; 3.12–26). Es el vocero ante las autoridades (4.8–12) y agente de juicio en algunas ocasiones (5.3–11). En la primera misión de extensión también ejerce el liderazgo (8.14–25). El Espíritu Santo abre a través de él la misión a los gentiles (10.1–48) aunque esto le acarrea críticas de los propios cristianos (11.2–18). Pese a su falla cuando dejó de comer con los cristianos gentiles de Antioquía, para agradar a los judíos (Gl 2.11–14), Pedro es un defensor de la apertura a los gentiles (Hch 15.7–21).

Después de la muerte de Esteban, se desconoce la carrera de Pedro. Hay alusiones a su presencia en distintos lugares luego de su prisión en Jerusalén (Hch 12.17): Antioquía (Gl 2.11ss), Corinto (1 Co 1.12) y el norte de Asia Menor (1 P 1.1). Jacobo, hermano del Señor, tomó la dirección de la comunidad de Jerusalén.

Aunque sin mucha razón, se ha discutido la antigua tradición de la estadía de Pedro en Roma. Casi no cabe dudas que 1 P se escribió desde allí (1 P 5.13, • Pedro, Epístolas de). Es fuerte la tradición que afirma que Pedro ofreció información para el Evangelio de • Marcos, publicado allí, 1 Clemente (ca. 96 d.C.) lo da por muerto bajo la persecución de Nerón y aunque las tradiciones del siglo II sobre la forma de su martirio no sean del todo confiables, no hay razón para dudar que sea verdadera la tradición de su estadía y posible martirio en Roma. En tal caso, habría ido allí hacia el final de su carrera (no estaba cuando Pablo escribe a Roma o llega allí) y habría estado poco tiempo. Quizás pronto hallara allí el martirio.

Bibliografía:
O. Cullmann, Pedro: Discípulo, Apóstolo e Mártir, Aste, Sao Paulo, 1964. DBH, col. 1479–1482. J.M. Bover, «El nombre de Simón Pedro», Estudios Eclesiásticos 24, 1950, pp. 479–497. A.T. Robertson, Épocas en la vida de San Pedro, Casa Bautista, El Paso, 1937. INT, pp. 355–359.

27 may 2009

JUAN EL BAUTISTA

Precursor de Jesús que recibió el apodo de «Bautista» o «el que bautiza» debido a su ministerio característico (• Bautismo).

SU VIDA

Nació seis meses antes de Jesús (Lc 1.26) y bajo circunstancias sobrenaturales (Lc 1.7, 18–25). Era de linaje sacerdotal y sus padres fueron • Zacarías y • Elisabet. Apareció en la historia como profeta del Señor, cumpliendo las profecías tocantes al precursor del Mesías (Is 40.3–5; Mal 3.1) y las de Gabriel a Zacarías (Lc 1.5–25). Jesús lo comparó con • Elías (Mt 11.14; Mc 9.10–13) y lo destacó como el más grande profeta (Mt 11.7–13; Lc 7.24–36) y como el testigo verdadero del Mesías (Jn 5.30–36).
Según los Evangelios Sinópticos (Mt 14.1–12; Mc 6.14–29; Lc 3.19, 20), Juan el Bautista cayó preso debido a sus denuncias contra el mismo • Herodes Antipas, quien se había casado con su cuñada, Herodías. Instigada por esta, su hija Salomé pidió que Juan el Bautista fuera decapitado. Josefo anota que esto sucedió en la fortaleza de Maqueronte, en Perea (Antigüedades XVIII.v.2), antes de una fiesta, evidentemente la mencionada en Jn 5.1 (cf. 3.24).

SU MINISTERIO

Apareció a la usanza de los profetas del Antiguo Testamento (Lc 3.1ss), predicando el arrepentimiento para perdón de pecados. La severidad de su mensaje y su apariencia recordaron al pueblo a Elías (Mt 17.11–13; Jn 1.21) tal como el ángel lo había prometido (Lc 1.17). Su vida ascética, como una especie de voto • Nazareo, hace de Juan el Bautista una persona del desierto (Mt 3.4; Mc 1.6; Lc 1.15), y la iglesia primitiva interpretó esto también como el cumplimiento de las profecías (Mt 3.3; Mc 1.3; Lc 3.4–8; Jn 1.23).

Los Evangelios ubican la actividad de Juan el Bautista en una amplia zona despoblada de Samaria y Judea (• Betania; Enón; Mt 3.1; Mc 1.4; Lc 1.80; 3.2ss). Su ministerio repercutió entre el pueblo y los líderes religiosos, y su autoridad fue tan evidente (Lc 3.10ss) que causó gran preocupación entre los fariseos (Jn 1.19–28).

Después de los descubrimientos de • Qumrán, ha tomado nueva fuerza la teoría de que Juan el Bautista era esenio, y han surgido nuevas tesis que se apoyan en varias similitudes entre él y la comunidad del mar Muerto. Es posible que él supiera de la existencia de dicha comunidad; sin embargo, su ministerio y bautismo tienen una originalidad y creatividad propias.

SUS ENSEñANZAS

Con su mensaje matizado con elementos apocalípticos, Juan el Bautista impulsaba al pueblo a buscar a Dios. Mateo y Lucas nos narran partes de su exhortación radical dirigida a diferentes capas sociales: líderes religiosos, publicanos, soldados y el pueblo en general atienden la voz autoritativa de su ética (Mt 3.7–12; Lc 3.7–20).

Advirtió de un juicio inminente valiéndose de las figuras de un fuego inextinguible y de árboles a punto de ser cortados por el hacha; contrastó su propio bautismo en agua con el del Mesías en Espíritu y fuego. Respaldado con su propia vida austera, enseñó la necesidad de orar y ayunar (Lc 5.33; 11.1). Tal fue su influencia que, después de su muerte, Herodes, al saber del ministerio de Jesús, temió que Juan el Bautista hubiese resucitado (Mt 14.1–12; Mc 6.14–29; Lc 9.7–9); y el mismo Jesús defendió su propia autoridad comparando su ministerio con el de su predecesor (Mt 21.25ss; Mc 11.30ss; Lc 20.5ss).

El lavamiento practicado por Juan el Bautista se confirma plenamente cuando él, en el acto culminante de su ministerio, bautiza a Jesús (Mt 3.13–17; Mc 1.9–11; Lc 3.21, 22). Consciente de su indignidad, accede a la petición del Señor a fin de que ambos «cumplan toda justicia».

Según el cuarto Evangelio, el Bautista habló de Jesús como el «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1.29, 35) y profetizó el curso que habría de tomar su ministerio.

SUS DISCíPULOS

Los seguidores de Juan el Bautista, fieles a su maestro, miraban con preocupación la creciente popularidad de Jesús (Jn 3.25, 26). Con impresionante sinceridad, Juan les profetizó que él menguaría mientras Jesús había de surgir en su ministerio (Jn 3.26–30). Dos de ellos sirvieron de mensajeros cuando Juan sintió dudas acerca de Jesús (Mt 11.1–5). Fueron los discípulos los que enterraron los restos de Juan el Bautista (Mc 6.29). Años después, en el transcurso de su misión, los cristianos primitivos encontraron en Asia Menor algunos seguidores de las enseñanzas de Juan el Bautista (Hch 18.25; 19.1–7), a quienes fue necesario enseñarles con exactitud el camino de Cristo.

Bibliografía:
DBH, col. 1025–1027. EBDM IV, col. 658–666. SE, Nuevo Testamento I, pp. 534–543, 564–569, 590–594. J. Schmid, El Evangelio según San Marcos, Herder, Barcelona, 1967, pp. 33–41. M.E. Boissnard Boismard, El prólogo de San Juan, Fax, Madrid, 1970, pp. 183–190. H. Schlier, Problemas exegéticos fundamentales en el Nuevo Testamento, Fax, 1970, pp. 275–283.

25 may 2009

JESUCRISTO, JESÚS

Nombre personal y título (cf. el orden inverso frecuente en los escritos paulinos) dado al Salvador. De sus dos elementos, el nombre «Jesús» (transcripción griega del hebreo Yeshuá, que significa Jehová es ayuda o salvación; cf. Mt 1.21) era uno de los más populares entre los israelitas. Entre los personajes bíblicos que lo llevaron también están: • Josué; Jesúa; Jesús Ben-Sirá (Eclesiástico 50.29); Jesús • Barrabás (Mt 27.16s en muchos manuscritos); y Jesús llamado Justo (Col 4.11). El título «Cristo», que significa «ungido» (lo mismo que la palabra hebrea «Mesías»), señala que este Jesucristo en particular es el ungido de Dios.

FUENTE DE INFORMACIóN

Aunque Jesús de Nazaret no dejó escrito alguno, mucho se sabe de su vida y enseñanza. De fuentes no cristianas obtenemos muy pocos datos, debido a que los escritores gentiles (griegos y romanos) tenían poco interés por los acontecimientos de Palestina y hacia los judíos solo sentían desprecio. Por su parte, los judíos del siglo I d.C. parecen haber callado a propósito su conocimiento del cristianismo naciente y de su fundador. Sin embargo, los escasos testimonios que nos han llegado bastan para confirmar la indudablemente existencia histórica de Jesucristo.

Los historiadores romanos Suetonio y Tácito se refieren a los seguidores de Cristo (o «Cresto», como algunos suponían); y Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, escribió una carta al emperador para consultarle con respecto a cómo tratar a los cristianos (ca. 112 d.C.). Entre los testimonios de origen judío, hay ciertas tradiciones aceptables acerca de Jesús y sus seguidores, pero es evidente en muchas de ellas un barniz anticristiano que las desfigura. Los escritos de Flavio Josefo mencionan a Juan el Bautista y al sumo sacerdote Anás, nieto del Anás de los Evangelios, quien «hizo comparecer ante el sanedrín a unos cuantos, entre ellos a una persona llamada Santiago, hermano de aquel Jesús que se llamó Cristo». «A Santiago», continúa, «el sanedrín le condenó a morir apedreado» (Antigüedades XX.ix.1. ca. 93 d.C.). Otros pasajes en Josefo que mencionan a Jesucristo parecen ser espurios (XVIII,iii.3).

Las fuentes cristianas más antiguas son las cartas de Pablo (51–67), quien, sin conocer personalmente a Jesucristo, se familiarizó con sus actividades y sus dichos, de acuerdo con la • Tradición oral. Los datos acerca de Jesucristo que nos proporcionan sus cartas son muy escasos y se concentran en la pasión y resurrección, pero revelan la estabilidad de la tradición aun antes de consignarse por escrito. Las fuentes más completas son los cuatro • Evangelios (publicados entre 68–96), que se fundamentan en el testimonio de los discípulos inmediatos a Jesucristo y en la primitiva catequesis cristiana. Aunque el propósito de los evangelistas no fue en primer término biográfico, nos proporcionan relatos históricamente fidedignos (Lc 1.1–4), no desfigurados por la evidente intención teológica de cada autor.

En otros libros del Nuevo Testamento, fuera de los Evangelios canónicos, se han conservado también ciertas palabras auténticas de Jesús (por ejemplo, Hch 20.35), pero la autenticidad de otros dichos (Ágrafa) consignados en los Evangelios Apócrifos o en otros escritos poscanónicos, como algunos papiros gnósticos, es cuando menos discutible.

CRONOLOGíA

Puesto que Jesús nació antes de la muerte de • Herodes el Grande (4 a.C.) y por el tiempo del censo de • Cirenio, de fecha discutida (entre 9–4 a.C.), la fecha asignada al nacimiento oscila entre 7 y 4 a.C. Por consiguiente, la era cristiana, fijada por cálculos hechos en el siglo VI, debe adelantarse indudablemente algunos años.

El inicio del ministerio de Juan el Bautista, según Lucas 3.1, se fecha en el año 15 del imperio de Tiberio. Esto nos lleva a los años 26–29 d.C. (debiéndose la variación a la forma de hacer el cómputo que Lucas usara). Meses después de la aparición de este precursor, Jesucristo comenzó su ministerio. Al informarnos el evangelista que «tenía, al comenzar, unos treinta años» (Lc 3.23), nos está dando una edad aproximada (esta edad representa la madurez [Testamento de Leví 2], sobre todo la del Rey davídico, 2 S 5.4). Sin embargo, no andaba muy lejos de la edad exacta. Si se toma el fin del año 27 como inicio de la obra pública, encontramos apoyo en el dato de Jn 2.20, según el cual habían transcurrido, cuando la primera Pascua del ministerio público de Jesucristo, 46 años desde el comienzo de la edificación del templo herodiano (20/19 a.C.).

Hay diversas opiniones acerca de la duración de la actividad pública del Señor. La teoría de un solo año es insostenible si se basa en Lc 4.19 («un año de gracia del Señor»), además de que Marcos, el primero de los Evangelios, no relata sucesos que no cabrían en el marco de doce meses. En cambio, Lc 13.1–5 parece describir hechos ocurridos en una Pascua anterior a la de la Pasión con lo que nos da a entender que el ministerio duró por lo menos dos años. Del Evangelio de Juan, que da cuenta de tres Pascuas descritas durante la actividad pública de Jesucristo, se deduce con seguridad que duró al menos dos años y algunos meses. Si la fiesta indeterminada de Jn 5.1 es también de la Pascua, podríamos añadir un año más a la duración, pero esta hipótesis tropieza con varias dificultades exegéticas. De todos modos, el género literario de los Evangelios no nos permite esperar que los datos cronológicos sean exactos; solo podemos concluir que es posible que el ministerio haya durado dos años (o bien tres años) y unos meses.

La fecha de la muerte de Jesucristo depende, no tanto de los factores anteriores, como de otros de carácter técnico. En resumen, el viernes de la crucifixión (en esto concuerdan los cuatro Evangelios), que sería el 14 de nisán (según el Evangelio de Juan: la preparación de la Pascua) o el 15 de nisán (según los Sinópticos: la Pascua misma), podría caer en el 7 de abril del año 30, o bien el 3 de abril del 33. Es mucho más probable la fecha del 30.

éPOCAS PRINCIPALES EN SU VIDA

Aunque los Evangelios no permiten reconstruir una biografía detallada o estrictamente cronológica de Jesucristo, sí nos dan el perfil definido de una persona única, las etapas de cuya vida están más o menos bien delineadas.

Nacimiento e infancia

Lucas relata la concepción milagrosa desde el punto de vista de • María, madre de Jesús, mientras que Mateo usa tradiciones que enfocan más bien a José, el prometido de esta. Ambos evangelistas ofrecen genealogías (• Genealogía de Jesús) que trazan el linaje mesiánico a través del padrastro. Después de un breve viaje a Egipto en su infancia, Jesucristo pasó el resto de sus días en la Tierra Santa o muy cerca de ella. Así pues, humanamente hablando, el Señor se educó dentro de un ambiente judío. Es más, con la excepción de su nacimiento en Belén y las visitas a Jerusalén para las fiestas, pasó los días anteriores a su ministerio como simple aldeano de la Galilea tan despreciada por los fariseos.

De Lc 2.40, 52 se deduce que la niñez y juventud de Jesucristo fueron normales, pero a la vez perfectas. Se realizó el ideal divino en cada fase de su vida (cf. el encomio divino en el bautismo: «en ti tengo complacencia», Mc 1.11). Aunque estos son los años de silencio, que solo Lucas entre los evangelistas apenas traza, entrevemos que Jesucristo desde temprana edad estaba consciente de su relación filial con Dios. Quizás por la muerte prematura de José, a Jesús se le conocía entre los nazarenos como «el carpintero» (Mc 6.3). No habían visto en Él nada sobrenatural antes del comienzo de su obra pública.

Principio de su ministerio

En medio de una Palestina conmocionada por la exhortación al arrepentimiento hecha por • Juan el Bautista, Jesucristo percibió alguna señal divina, salió de Nazaret y fue bautizado en el Jordán. Aquí, descendió sobre Él el Espíritu Santo, y oyó la voz del Padre aprobándolo en términos que también advertían del gran sufrimiento que se le avecinaba. Fue fortalecido por el Espíritu Santo, pero a la vez fue impelido al desierto de Judea, donde Satanás le sometió a una serie de tentaciones (• Tentación de Jesús).

Después de escoger a sus primeros • Discípulos (Jn 1.35–51) y hacer varios milagros en Galilea y Jerusalén (Jn 2.1–11, 23ss), fue a trabajar a Jerusalén (Jn 2 y 3) y aun entre los samaritanos (Jn 4.1–42).

Su obra en Galilea

Cuando encarcelaron a Juan el Bautista, el Salvador comenzó en Galilea el período de enseñanza intensiva y actividad mesiánica que le cosecharon fama en seguida. Anunció que el momento señalado había llegado y que el Reino de Dios estaba cerca (Mc 1.14s). Sin embargo, su mensaje de arrepentimiento no les parecía «buenas nuevas» a todos. En la sinagoga de Nazaret sus vecinos le rechazaron definitivamente (Lc 4.16ss) y le obligaron a trasladarse a Capernaum. En esta ciudad y otras partes de Galilea trabajó durante más de un año (Mc 1.14–6.34; Jn 4.46–54), revelando su poder sobre la naturaleza (por ejemplo, Mc 4.35–41; 6.34–51), sobre los espíritus malignos (por ejemplo, Lc 8.26–39; 9.37–45), sobre el cuerpo y las enfermedades (por ejemplo, Mt 8.1–17; 9.1–8), y aun sobre la muerte (por ejemplo, Mt 9.18–26; Lc 7.11–17). En el tipo de enseñanzas referidas en el Sermón del Monte (Mt 5–7), afirmó poseer autoridad suprema en la interpretación del Antiguo Testamento y aun en ejercer el juicio escatológico.

Al mismo tiempo, reveló su amor y compasión por los acongojados y oprimidos (por ejemplo, Mt 9.1–8, 18–22; Lc 8.43–48). Una y otra vez declaró que había venido a buscar y a salvar a los perdidos, y ejerció la prerrogativa divina de perdonar pecados (Lc 5.20–26; 7.48ss). Del grupo numeroso de sus seguidores escogió a doce discípulos (Mt 10.1–4//) a los que enseñaba con esmero y preparaba para ser sus apóstoles.

La autoridad con que Jesucristo enseñaba, su superioridad en las polémicas con los líderes judíos y sus milagros de sanidad le ganaron una marcada popularidad entre las masas galileas (por ejemplo, Lc 4.40ss; 5.15, 26; 6.17ss). Esta fama llegó a su clímax en la alimentación de los cinco mil (Mc 6.30–44//), prueba de su mesiazgo que alentó al populacho a intentar coronarle rey (Jn 6.15).

La preparación de los doce

Cuando Jesucristo rehusó ser coronado rey, muchos admiradores y aun discípulos dejaron de seguirle (Jn 6.26ss,66s). Entonces se retiró, siempre rodeado de los doce, al territorio no judío del norte: Tiro, Sidón y Cesarea de Filipo. Pero aun así no pudo escaparse completamente de las multitudes. Cuando lanzó en privado la pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?», Pedro confesó: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». En base a esta revelación, Jesucristo dio la primera de tres predicciones de su aparente derrota a cumplirse en Jerusalén y de la victoria siguiente (Mc 8.31//). Esta autorrevelación a sus discípulos culminó con la • Transfiguración ante el núcleo de los tres más íntimos (Mc 9.2–10//) y la voz del cielo reconoció una vez más la obediencia filial del Salvador: «Este es mi Hijo, el Amado: a Él oíd».

Una vez que los doce comprendieron mejor quién era su Maestro, este intensificó la preparación que les daba para ser luego miembros fundadores de la nueva comunidad. Por medio de • Parábolas, controversias, enseñanzas directas, y su continuo ejemplo personal, el Maestro les aclaró la naturaleza del Reino, el papel del Hijo del Hombre y las cualidades que Dios busca en los seguidores de este.

Hostilidad creciente

Entretanto, la oposición de los gobernantes y maestros religiosos de los judíos crecía rápidamente (Lc 14.1). Ellos buscaban atraparle, contrarrestar su influencia sobre las masas y entregarle a las autoridades romanas para ser ejecutado (Mt 19.1–3//). Ni las advertencias que Jesucristo dirigía a sus enemigos, ni su doctrina impartida con miras a cambiar la actitud de ellos, ni la resurrección de Lázaro junto con otras obras de benevolencia, lograron convencerles de su error. Más bien, su odio se intensificó; la mayoría de los escribas, fariseos y saduceos prefirieron sacrificar la vida de Jesús y no aguantar en su medio esa presencia crítica (Jn 11.46–53).

La semana final en Jerusalén

Después de entrar como Mesías en Jerusalén, vitoreado por las multitudes (Mc 11.1–10//), Jesucristo expulsó del templo a los cambistas y traficantes de animales sacrificiales, en señal de su autoridad mesiánica. Enseñando en el templo durante los días siguientes, enfocó el significado de su muerte y resurrección. Se refirió al futuro triste del templo y de la ciudad santa, y mencionó algunas señales de su propio regreso en majestad (Mc 13//).

En la víspera de su pasión, Jesucristo celebró la cena pascual con sus discípulos. Después de lavarles los pies (Jn 13.1–17) y anunciar veladamente que Judas sería el traidor (Mc 14.18–21//), instituyó la Cena del Señor (Mc 14.22–25//), e instruyó a sus discípulos presentes y futuros (Jn 13–17). Luego, el grupo se trasladó a Getsemaní y, tras una lucha agónica en oración, el Salvador se entregó sin reservas a la voluntad de su Padre. Entonces se dejó arrestar y voluntariamente sufrió el maltrato, la condena injusta ante los tribunales religioso y político, y la crucifixión. Este sufrimiento vicario culminó en la cruz, cuando al cabo de tres horas de tinieblas Jesucristo gritó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mc 15.34). Pero como su muerte era un «dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10.45) y el sacrificio del Cordero por excelencia (Jn 1.29; 19.14a, 36), Jesucristo pudo encomendarse victoriosamente al Padre, sabiendo que su obra terrenal había terminado (Lc 23.46; Jn 19.30).

Su sepultura, resurrección y ascensión

Amigos bajaron el cuerpo desde la cruz y lo sepultaron rápidamente para evitar trabajar después del atardecer del viernes. Dejaron el cadáver en una tumba nueva situada en un huerto, pero no quedó allí muchas horas; el Señor vio cumplida su profecía de resucitar de entre los muertos (• Resurrección de Cristo). Muy temprano, el domingo, algunas seguidoras descubrieron desierta la tumba (Mc 16.1–8//), y en el transcurso del día el Señor viviente se apareció a varios individuos y grupos de creyentes, disipando sus dudas (Mt 28.9ss; Lc 24.13ss; Jn 20.11–21.22).

Durante cuarenta días se sucedieron las apariciones del Señor resucitado y las nuevas enseñanzas (la recta comprensión del Antiguo Testamento, la venida del Espíritu Santo y la misión mundial de la iglesia) prepararon a los creyentes para la nueva era iniciada por la • Ascensión (Lc 24.51; Hch 1.9ss). A los diez días de esta, el Señor Jesucristo, ya glorificado y «sentado a la diestra del Padre» (Heb 8.1; cf. Hch 2.33), envió su • Espíritu (• Pentecostés), que también procede del Padre, como su vicario en este mundo. Excepcionales fueron las apariciones a Esteban (Hch 7.55–59) y a Saulo de Tarso (Hch 9.33ss//; 1 Co 15.8) y la visión apocalíptica de Juan, en Patmos (Ap 1.10ss). El Nuevo Testamento vislumbra como próxima aparición de Jesucristo su • Segunda Venida para juzgar al mundo (Hch 1.11). Entonces «todo ojo le verá» (Ap 1.7).

INTERPRETACIóN APOSTóLICA

Los datos de esta vida única se utilizaron en la proclamación primitiva con miras a la evangelización y la catequesis. En este proceso, lo simplemente histórico se interpretó como era debido. Por ejemplo, en el evangelio que Pablo aprendió después de su conversión (1 Co 15.3–7), la frase «Cristo murió» es descripción histórica, mientras las frases siguientes, «por nuestros pecados, conforme a las Escrituras», son interpretaciones teológicas del dato histórico. Por cierto, estas se fundamentan en las enseñanzas del mismo Señor Jesucristo, pero aclaradas por la resurrección, el don del Espíritu y la experiencia de la iglesia primitiva. Tanto los Evangelios como las Epístolas son el producto de este proceso, protegido divinamente de toda tergiversación o herejía.

La interpretación apostólica de la persona de Jesucristo conserva en una tensión fructífera dos aspectos complementarios de su vida: su humanidad y su deidad.

Jesucristo, hombre

Aunque los Evangelios no se interesan en el aspecto exterior de Jesucristo, sin duda fue impresionante, de personalidad atrayente (cf. el grito de una mujer, Lc 11.27). Sufrió hambre, sed y cansancio (Mc 4.38) en medio de una actividad tan intensa que, en ocasiones, no le dejaba tiempo ni para comer (Mc 3.20; 6.31). Pero este cuerpo, sujeto a las vejaciones de la angustia (Lc 22.44), respondió siempre a las demandas de una voluntad férrea. Desde el comienzo de su actividad renunció a usar de su poder para fines egoístas, porque «no vino para ser servido, sino para servir» (Mc 10.45). Ni su familia (Mc 3.31ss) ni Pedro (Mc 8.32s) pudieron desviarlo de la misión de sacrificio y abnegación que su Padre le había encomendado. Puso por obra la misma resolución consciente que exigía de sus discípulos (Lc 9.62; 14.28ss).

A pesar de su compasión y espíritu perdonador (Mt 11.28s), de ninguna manera fue una personalidad pasiva. Era capaz de pasiones fuertes: enojo (Mc 3.5; 10.14), celo reformador (Mt 10.34; Jn 2.15) o polémica (Mt 23.4–33; Mc 8.33; Jn 8.34–58), pero estas estaban al servicio de los demás, particularmente de los desgraciados. Tal fue su preocupación por la suerte de los desvalidos, que declaró que todo bien que a ellos se hiciera sería como hacérselo a Él (Mt 25.40; cf. Mc 2.15; Lc 6.20). Sin hacerse ilusiones acerca de los hombres (Mt 7.11; Jn 2.24s), predicó, como nadie más, el amor al prójimo y a los enemigos (por ejemplo, Mt 5.22–26).

Viviendo como hombre entre los hombres, experimentó todas nuestras limitaciones humanas, sin cometer pecado (Heb 4.15). Conoció la tentación (Heb 2.18), la angustia en la oración (Heb 5.7), la disciplina en la obediencia (Heb 5.8) y el desconocimiento de los acontecimientos futuros (Mc 13.32). Aun cuando el Padre se dignó revelarle, como lo había hecho con los profetas veterotestamentarios, ciertos datos del porvenir (por ejemplo, Mc 9.1; 13.5–37; Lc 22.31–34), no le eximió de vivir por la fe, a fin de que fuera ejemplo para nosotros (1 P 2.21). Aun sus milagros, signos del amanecer de la era mesiánica, fluyeron de su humanidad perfecta que vivía en absoluta comunión con el Padre (Jn 5.19; 14.10), llena del poder del Espíritu Santo (Hch 10.38; cf. 2.22).

A la solidaridad de Jesucristo con el resto del género humano se refiere el Nuevo Testamento en varios pasajes. Cristo nos llama «hermanos» (Heb 2.11–14) y aun en su gloria celestial es «Jesucristo hombre» (1 Ti 2.5) y por tanto el único mediador ante Dios. Es el nuevo • Adán, representante del género redimido (Ro 5.14–21; 1 Co 15.21ss). En contraste con todo salvador de tipo • Gnóstico, a Jesucristo se le presenta en los primeros sermones apostólicos como «varón acreditado por Dios ante vosotros» (Hch 2.22), y «a este Jesucristo [es decir, no algún personaje imaginario o irreal que] resucitó Dios» (Hch 2.32). Es el «nacido de mujer, nacido bajo la Ley» (Gl 4.4), que participó a plenitud en nuestra historia, no solo en el sentido de existir auténticamente, sino en el de recapitular y revelar en su experiencia el significado trágico-glorioso de nuestra historia humana.

Aun la más primitiva de las confesiones, «Jesucristo es • Señor» (1 Co 12.3), hace hincapié en la historicidad de Cristo, quien reina ahora y es el mismo que vivió, sufrió y murió por la salvación del mundo. El núcleo de la esperanza cristiana es igualmente «este Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo» (Hch 1.11).

Jesucristo, Dios encarnado

Para afirmar que Jesucristo era un simple ser humano los críticos negativos han tenido que mutilar el Nuevo Testamento, pues el testimonio unánime de los apóstoles asegura que es mucho más que un hombre. Con base en sus obras milagrosas (• Señales) y en la conciencia mesiánica del mismo Señor, quien se consideraba el • Hijo del Hombre, el • Siervo de Jehová por excelencia, el • Profeta escatológico, el • Juez y el • Hijo de Dios en sentido único, los escritores bíblicos evaluaron la persona de Jesucristo, mediante su experiencia de Él como resucitado y como fuente del Espíritu Santo. Pasajes como Sal 110.1 (el v. más citado en el Nuevo Testamento) se interpretaron a la luz de la ascensión y exaltación de Cristo. En los cultos y fórmulas bautismales se aplicaron a Jesucristo expresiones veterotestamentarias reservadas para Jehová, tales como Señor, • Salvador, • Rey y • Dios (Jn 1.1, 18, HA; Heb 1.8s; 1 Jn 5.20). Le rindieron culto (Jn 20.29) y se les reveló que, sin dejar de ser monoteístas, podían atribuir a Jesucristo la misma majestad y gloria del Padre (por ejemplo, en Ap 22.1 el trono divino es «de Dios y del Cordero»).
Inspirados en ciertos dichos de Jesucristo (por ejemplo, Jn 8.58), los escritores sagrados mencionan también su preexistencia. El • Verbo, aun antes de encarnarse (Jn 1.14), y esto sin la intervención de un padre humano, tuvo su existencia eterna junto al Padre (Jn 1.1s; 17.5) y fue mediador de la creación (Jn 1.3s; 1 Co 8.6; Col 1.15ss; Heb 1.10ss).

Este Jesucristo entonces, que era y es Dios venido en carne, es el único capaz de salvar del pecado (Mt 1.21; Hch 4.12). Vino a su pueblo con las prerrogativas de Mesías e Hijo de David, y trajo la redención, aunque esta no se ajustaba a la esperanza judía. Más que caudillo militar, asumió el papel de • Cordero, de propiciador; por ende, gracias a su obediencia, el Padre le ha constituido • Sumo Sacerdote de su nuevo pueblo, cabeza de la Iglesia y Señor del universo.

Bibliografía:
K. Adam, Cristo nuestro hermano, Barcelona, 1958. S. Barbieri, Las enseñanzas de Jesús, Buenos Aires, 1949. J. Blinzler, El proceso de Jesús, Barcelona, 1960. L. Cerfaux, Jesucristo en San Pablo, Bilbao, 1955. O. Cullmann, La cristología del Nuevo Testamento, Buenos Aires, 1965. A. Graham, VD, III, pp. 112–153. M.J. Lagrange, El evangelio de nuestro Señor Jesucristo, Barcelona, 1942. X. León-Dufour, Los Evangelios y la historia de Jesús, Barcelona, 1966. Idem., IB II, pp. 150–315. A. Nisin, Historia de Jesús, Madrid, 1966. G. Ricciotti, Vida de Jesucristo, Barcelona, 1960. J. Stalker, Vida de Jesucristo, 1879, ed. inglés. P. Von Imschoot, DBH, pp. 962–981.

14 may 2009

DAVID

Segundo rey de Israel (1000–962 a.C.). Se menciona unas ochocientas veces en el Antiguo Testamento y sesenta en el Nuevo Testamento. No se sabe con certeza el significado de su nombre. Fue el menor de ocho hermanos (1 S 17.12ss) y su padre, Isaí, era nieto de Rut y Booz. Desde muy joven demostró tener valor y ternura como pastor de ovejas.

Se alude a David por primera vez después de la desobediencia de Saúl, durante la campaña contra los amalecitas, cuando Samuel informó a este que Dios le había quitado el reino (1 S 15.28). Es notable que, habiendo fracasado el primer reino, no se haya pensado en la posibilidad de volver al sistema de jueces. Antes bien, Samuel es enviado a Belén con el mandato divino de escoger al sucesor de Saúl.

La elección de David en vez de uno de sus hermanos mayores llama la atención a una curiosa serie de casos en que se ha dado preferencia al hermano menor (por ejemplo, Isaac, Jacob y José), casos estos que constituyen una violación del derecho de • Primogenitura y que ilustran, por tanto, la soberanía de Dios en el desarrollo de los sucesos que culminan en nuestra redención.

Más adelante ungen a David y a Saúl se le priva del poder carismático.

A David, un músico excelente, se le pidió presentarse en la corte para tocar el arpa y así calmar la turbada mente de Saúl. Posteriormente se enfrentó a • Goliat y lo venció, hazaña que señala el comienzo de la amistad con Jonatán (hijo de Saúl) y de su desarrollo como guerrillero y héroe del pueblo. Saúl, celoso de la creciente popularidad de David, procuró atraerle la enemistad de los filisteos ofreciéndole sus hijas Merab y Mical (1 S 18.17–29). Al fin David aceptó casarse con esta.
Dos veces intentó Saúl matar a David, pero este logró escapar. Jonatán procuró restaurar la amistad entre su padre y David, pero su intervención fue infructuosa y David adoptó una vida de fugitivo y guerrillero. Se refugió entre los filisteos que le brindaron asilo. Tras una breve y tal vez peligrosa permanencia en la tierra del rey filisteo Aquis, huyó a la cueva de • Adulam donde «se juntaron con él todos los afligidos, y todo el que estaba endeudado, y todos los que se hallaban en amargura de espíritu» (1 S 22.2). Reunió a cuatrocientos hombres y los preparó como guerrilleros profesionales.

Después que David rechazó a los filisteos en Keila (ciudad judaica), Saúl supo dónde encontrarlo. Por tanto, David se vio obligado a trasladarse al desierto de Zif y posteriormente a Maón. En • En-gadi le perdonó la vida a su perseguidor (1 S 24.1s).
Poco después David contaba ya con seiscientos soldados. Saúl persistió en perseguirlo y una vez más cayó entre sus manos (1 S 26.7ss). Como le era ya imposible estar a salvo en su propia tierra, David decidió buscar nuevamente la protección de los filisteos. Estos le permitieron establecerse en Siclag, ciudad que llegaría a ser tierra de los reyes de Judá (1 S 27.6). Una vez que los filisteos derrotaron a Israel, el mismo soldado que acababa de matar a Saúl fue a comunicárselo a David (2 S 1.10). Muerto Saúl, se inició una nueva etapa en la vida de David.

Posteriormente, David se dirige hacia el norte y en Hebrón lo proclaman rey de Judá. Allí reinó siete años y medio (5.5). Mientras tanto, Abner, el general de Saúl, coronó a • Is-boset. Era inevitable un conflicto entre las fuerzas leales a Saúl y las de David. Tras una serie de encuentros entre David y Abner, asesinaron a este, lo cual dejó libre el camino para que David asumiera el gobierno de todo Israel.
Apenas coronado rey de Israel, David conquistó la fortaleza de Jerusalén que aún se hallaba en manos de los jebuseos y trasladó su corte allí. Los filisteos reaccionaron lentamente ante la expansión de la hegemonía de David, aunque sí guerrearon con él dos veces. Sistemáticamente David fue subyugando a los demás enemigos que lo rodeaban hasta extender su reino desde la frontera egipcia y el golfo de Aqaba en el sur, hasta el Éufrates en el norte.

Realizó estas conquistas durante la primera parte de su reinado. Sus múltiples triunfos no se debieron tan solo a la escasez general de grandes líderes militares en esa época, sino también a su propio genio militar. Después de sus conquistas, se produjo el consiguiente enriquecimiento de Israel.

Como una mancha en la vida de David fue la relación que tuvo con Betsabé, esposa de Urías (2 S 11). Este pecado, junto con los problemas implícitos en la poligamia, marcó el principio de su descenso.

Los conflictos familiares comenzaron cuando Amnón, uno de los hijos de David, deshonró a Tamar, su hermana. Absalón, otro hijo de David, lo hizo matar para vengarla, después de lo cual tuvo que ir al destierro (2 S 13). Pasados tres años, Absalón se reconcilió con David, aunque después, aprovechando el descontento de cierto sector del pueblo, se sublevó contra su padre y se proclamó rey en Hebrón. Se produjo el inevitable choque militar entre David y su amado hijo, durante el cual mataron a este a pesar de las órdenes que David dio de que no lo hicieran.
Aplastada la sublevación de Absalón, sobrevino la de Seba, que también se frustró. Pero estas rebeliones hicieron que David se organizara mejor. Por ejemplo, decidió hacer un censo (2 S 24; 1 Cr 21). No obstante, en sus últimos días lo acosaron las intrigas de sucesión. Adonías intentó usurpar el trono, a pesar de que David lo había destinado para Salomón. Después de asegurarle el reino a este, «murió en buena vejez, lleno de días, de riqueza y de gloria» (1 Cr 29.28).

Rara vez se encuentran en una sola persona la habilidad, la virtud y la fuerza de voluntad que vemos en David, aunque haya pasado por momentos de debilidad. Cierto que hubo ocasiones en que a su corazón lo endureció la pasión o el orgullo, pero jamás quiso vengarse de la crueldad de Saúl, y la genuina sinceridad de su lamento por la muerte de este, de Jonatán y de Absalón, patentiza nuevamente la gran ternura que le era característica. Repetidas veces se manifiesta su grandeza como poeta, músico y compositor.

Bibliografía:
Juan Bosch, David: Biografía de un rey, Santo Domingo, 1963.

5 may 2009

MARTIN LUTERO

(1483–1546)
Padre de la reforma alemana

Unos pocos años atrás, cuando se confeccionaban listas de las personas más importantes del segundo milenio, Martin Lutero estaba, en la mayoría de ellas, en la cima o cerca de ella. ¿La razón? Cambió el mundo desafiando la corrupción de la Iglesia Romana y lanzando una Reforma espiritual, política y social.

Nacido en Eisleben, Turingia, Sajonia, estudió en la escuela en Mansfeld, Magdeburgo, bajo los Hermanos de la Vida Común, en Eisleben y luego en la Universidad de Erfurt (1511) donde recibió la influencia nominalista y aprendió griego graduándose en 1502 (B.A.) y en 1505 (M.A.). Había intentado estudiar leyes pero debido al peligro de muerte en que estuvo a raíz de un rayo, cambió de opinión pese a las objeciones de su padre y en 1506 se hizo monje agustino.

En el monasterio de Erfurt profundizó sus estudios de teología, fue hecho sacerdote (1507) y después de ser tranferido a Wittenberg en 1508 obtuvo su doctorado en teología en 1512. En una visita a Roma (1510-1511) vio la corrupción prevaleciente en el alto clero. A su regreso a Wittenberg fue nombrado jefe de estudios bíblicos, cargo que ocupó por el resto de su vida. También fue sub-pior de la casa Wittenberg.
Exteriormente, Lutero estaba levantando una exitosa carrera académica y monástica pero interiormente se sentía abrumado por una convicción de pecado que sus esfuerzos en la vida del monasterio no podían aliviar.

En 1517, la venta de indulgencias por parte de John Tetzel llevó a Lutero a redactar sus noventa y cinco tesis las que clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg el 31 de octubre de 1517. Al ser traducidas y divulgadas ampliamente, se produjo una explosión de sentimiento contra la iglesia. A partir de allí se inició una serie de debates en los que Lutero participó esgrimiendo en su defensa la verdad de la Palabra. En 1518 publicó sus Explicaciones que son una defensa de sus tesis. Ese mismo año publicó su Dos clases de justicia (1518) en las que muestra cómo la justicia de los pecadores descansa en la justicia de Cristo. Los escritos en este periodo también incluyen sus Tratado sobre las buenas obras que muestra cómo la fe halla su expresión en las obras, y su Sermón sobre la misa, en la que enseña el sacerdocio de todos los creyentes.

A mediados de 1520 la paciencia papal llegó a su fin ordenando a Lutero mediante una bula que se retractara y se quemaran sus obras. Protegido por el elector Frederick denunció la bula y, solemnemente, la facultad de teología quemó una copia en una ceremonia el 10 de diciembre de 1520. A principios de 1521 se preparó una bula de excomunión que, de haberse aplicado, habría privado a Lutero de sus derechos civiles y protección. Antes de su ejecución Carlos V quiso dar a Lutero la oportunidad de retractarse. Fue aquí donde Lutero hizo su valiente declaración ante el emperador, los príncipes y otros gobernantes: «Mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios... Aquí estoy. No puedo hacer otra cosa».

Lutero hizo un trabajo que probablemente nadie más en esa época de gente tan especialmente dotada pudo haber hecho. Lo hizo porque tenía la combinación requerida de conocimiento, perspicacia, carácter y fe. Cuando bajo Dios la hora llegó en 1517, el hombre para esa hora estaba allí. La Reforma tan largamente esperada no podía seguir posponiéndose.

4 may 2009

ESTER

Mujer judía, del linaje de Benjamín (Est 2.7), que llegó a ser reina del Imperio Persa. Por su gestión liberadora es heroína de su pueblo en una hora de crisis nacional (4.14ss). Era huérfana de padre y madre, pero su primo • Mardoqueo (2.7), varón inteligente (2.20), caritativo (2.7), precavido (2.11), fiel al rey (2.22) y firme en sus convicciones religiosas (3.2), la adoptó como hija. Su nombre hebreo era Hadasa (2.7).

A Ester la eligieron por esposa del rey • Asuero, y en este cargo le fue necesario, por algún tiempo, ocultar su origen judío (2.10, 20). Sin embargo, esto le permitió gobernar en favor de los suyos. Su primer gran enemigo dentro de la corte fue • Amán, primer ministro nombrado por Asuero y cruel enemigo de los judíos (3.1). Amán hizo que el rey firmara un edicto de destrucción contra los israelitas (3.9–15), pero Mardoqueo supo del peligro que se cernía sobre su pueblo y acudió a la reina Ester para ordenarle inmediata intervención (4.12–14). Ester ayunó (4.16), lo cual indica su sincera piedad, y uniendo su diplomacia de reina con la inteligencia de su primo Mardoqueo, a quien obedeció en todo (4.17), obtuvo que el rey dictase otro decreto en favor de los judíos perseguidos (7.1–8.12). A Amán lo condenaron a morir en la horca que él mismo ordenó levantar para Mardoqueo (7.10). Desde entonces los judíos conmemoran esta victoria con la fiesta nacional llamada • Purim (9.17–32). Después de la muerte de Amán, Mardoqueo ocupó el puesto de primer ministro del gran Imperio Persa (10.3) que, según narra la Biblia, «se extendía desde la India hasta Etiopía, sobre ciento veintisiete provincias» (1.1).

Ester se distingue sobre todo por su obediencia (2.20) y humildad; su admirable discreción (2.10, 20) y simpatía (2.7, 15); su preocupación por el bienestar de sus semejantes (4.5); su valor (4.11, 16; 5.1) y diplomacia (5.4, 12); su dureza con los perversos (7.6) y su fe (4.16); y su firme compromiso con los necesitados y perseguidos.

Ester ha sido fuente de inspiración para numerosas obras inmortales. Entre ellas figuran la tragedia Ester de Jean Racine, y la tragicomedia La hermosa Ester que, según Menéndez y Pelayo, «es la mejor comedia bíblica de Lope de Vega».

3 may 2009

MOISÉS

Caudillo y legislador que sacó de Egipto a los hebreos, los organizó como nación y los condujo a la tierra prometida. La princesa egipcia le puso por nombre Mosheh (Éx 2.10), término cuyo origen quizás sea egipcio. Los egiptólogos lo consideran una derivación de mesu (hijo) vocablo que más tarde se hebraizó (mashah que significa, sacar).

SU NIñEZ Y PREPARACIóN
Como padres de Moisés la Biblia menciona a Amram y Jocabed, ambos de la tribu de Leví (Éx 6.20), y como sus hermanos mayores a Aarón y María. Su madre, que se opuso a la orden del faraón de arrojar el niño al Nilo, lo escondió primeramente por tres meses en su casa, pero luego se vio obligada a deshacerse de él. Lo puso en el Nilo, y allí lo descubrió la hija del faraón cuando descendió a bañarse. Ella le brindó un hogar en su residencia.

Para el desarrollo de Moisés, fue de mucha importancia lo particular de su salvación, pues la princesa que lo adoptó procuró que le enseñaran y educaran en la corte egipcia (Hch 7.22). La afirmación de Filón de que a Moisés lo instruyeron en toda la sabiduría helenística y oriental que se acumuló en Alejandría, no corresponde en este sentido a la realidad de los hechos. El helenismo y Alejandría son de tiempos bastante posteriores. Aun más fantástica resulta la teoría mencionada por Josefo de que Moisés haya sido un sacerdote de Osiris en Heliópolis y que solo más tarde adoptó el nombre de Moisés, o la otra de que él haya intervenido militarmente y con éxito en una guerra contra Etiopía. De todo esto la Biblia no dice nada.

Con respecto a la juventud de Moisés, las Escrituras se limitan a informar que no obstante su posición social en la corte, no se avergonzó de su origen (Heb 11.24) y que huyó de la ira del faraón a Madián, por causa de un incidente violento (Éx 2.11ss) que un compatriota le descubrió y recriminó. Madián se encuentra en la parte sudeste de la península de Sinaí. Aquí se casó con Séfora, la hija del sacerdote • Jetro (Éx 2.21), que según 2.18 se llamaba Reuel. En su destierro le nacieron a Moisés dos hijos, Gersón y Eliezer. Este período le fue de no menor importancia que el tiempo de su educación en la corte del faraón.

SU LLAMAMIENTO

Moisés fue llamado, mientras pastoreaba las ovejas de su suegro, a ser el salvador de su pueblo. Habían pasado cuarenta años desde su huida (Éx 7.10; cf. Hch 7.30), y ya tenía ochenta años cuando se le apareció el Señor en la zarza ardiendo (Éx 3 y 6). Como paso inicial debía exigir que el faraón dejara salir a Israel al desierto por tres días para celebrar allá una fiesta a su Dios. Todos los argumentos que Moisés presentó para rebatir su llamado, Dios los rechazó, aunque por fin se le otorgó la ayuda de su hermano Aarón (Éx 4).

EL éXODO

La situación de Israel en Egipto no había mejorado entretanto Moisés se presentaba ante el faraón. No obstante, no encontró en el pueblo una acogida favorable. Es evidente que la liberación no tuvo su punto de partida en el pueblo, sino en los designios de Dios.

Una vez de vuelta en Egipto, la transformación de la vara de Aarón frente al faraón fue el preludio de los milagros que, por mano de Moisés, Dios haría en medio del pueblo opresor. El juicio contra las costumbres egipcias tenía como propósito demostrar que Jehová era Señor también en Egipto (Éx 8.10). Las diez • Plagas confirmaron el inmenso poder del Señor de Israel, aunque una vez pasado el efecto de cada una el faraón volvía a endurecer su corazón (• Elección).

Cuando murieron los primogénitos y el lamento inundó todas las casas de los egipcios, Israel salió apresuradamente. En lo sucesivo la Fiesta de la • Pascua recordaría esta salvación del ángel de la muerte y la salida apresurada; los primogénitos se dedicarían a Jehová también en recuerdo de la salvación de los primogénitos israelitas en Egipto.

Al éxodo siguió pronto un hecho salvador aun más impresionante: la liberación definitiva del pueblo en el mar Rojo. Este acontecimiento fue de carácter tan trascendental que tanto en la literatura profética como la poética del Antiguo Testamento se menciona repetidamente. Basándose en esta intervención, Dios reclama a Israel como propiedad suya (Sal 77; 78; 105; 135; 136; Is 11.15s; 63.11; Miq 7.15, etc.).

EN EL MONTE SINAí

El «monte de Dios» o «monte de la manifestación divina» fue la meta inmediata después del éxodo. En el camino se manifestaron la poca fe, la impaciencia y la desconfianza de la muchedumbre. A cada una de estas manifestaciones, no obstante, correspondieron demostraciones de la omnipotencia y benignidad de Dios, las señales de la columna de fuego y de humo, el don del maná, de las codornices, del agua que brotaba de la peña, de la derrota de los amalecitas por el poder de la oración de Moisés y la manifestación divina en el Sinaí (• Peregrinación por el desierto).
Por intermedio de Moisés se realizó en el Sinaí la conclusión del pacto, y fue esta una ocasión más para demostrar su grandeza como jefe. Cuando el pueblo se entregó a la idolatría, Moisés se ofreció a sí mismo como ofrenda de inmolación en lugar de los rebeldes (Éx 32.31s; cf. Ro 9.3) y no descansó hasta que el Señor prometió de nuevo ir con el pueblo. Después de haber acampado frente al Sinaí casi un año, partieron de este lugar guiados por el cuñado de Moisés y se dirigieron al norte. Sin embargo, las sublevaciones del pueblo se repetían, y cuando su falta de fe llegó a tal extremo que se negaron a ir a Canaán, ni aun Moisés con su acceso a la presencia de Dios pudo cambiar el fallo del Señor de que la generación presente no vería la tierra prometida.

Muchos puntos de la peregrinación de cuarenta años a través del desierto permanecen oscuros, porque no siempre es posible determinar con certeza las diferentes jornadas. Además, no siempre el pueblo estaba en marcha. Se menciona una larga permanencia en Cades. Al final, cuando llegó el momento en que debieran haber entrado en Canaán, y cuando por causa de los moabitas y edomitas debieron hacer un largo rodeo hacia el sur y después al este del monte Seir, siguiendo en dirección de Transjordania, de nuevo el pueblo se rebeló y tuvo que ser castigado. Por cuanto en un acto de rebelión aun Moisés y Aarón perdieron su fe, tampoco ellos podrían entrar en Canaán.

En otra oportunidad, las murmuraciones se castigaron con serpientes venenosas, pero Dios mismo facilitó el remedio mediante la serpiente de bronce. Después de ganar dos batallas en el Arnón contra los amorreos, quedó abierto el camino para ocupar el país al este del Jordán. Los moabitas trataron de corromper a Israel mediante el hechicero Balaam sin medirse en una batalla campal. Cuando se malogró esto, consiguieron despertar en ellos los deseos carnales a través del culto sensual del dios Baal, lo cual provocó el juicio divino tanto sobre Israel como sobre Madián.

EN EL RíO JORDáN

Al terminar los cuarenta años de peregrinación, también llegó a su fin la vida de Moisés. El territorio ocupado al este del Jordán, Moisés se lo adjudicó a las tribus de Rubén y Gad y a la media tribu de Manasés, pero con la condición de que al tomar el país prestaran ayuda a sus hermanos. En las llanuras de Moab, según nos informa Deuteronomio, Moisés repitió la Ley con las modificaciones que se hacían necesarias porque los hijos de Israel estaban a punto de radicarse definitivamente en el país y porque era inminente el fin de la peregrinación.

Con un himno profético Moisés predijo los caminos del pueblo y de Dios, y fue un profeta del agrado divino (Dt 32). Bendijo a las tribus individualmente como antaño lo hiciera Jacob antes de morir (Dt 33). Desde el monte Nebo contempló el país prometido que fuera la meta de su esperanza y de su conducción del pueblo. Después murió en la comunión con Dios, tal como había vivido, a los 120 años de edad (Dt 34.7). Su sepulcro nunca se descubrió. Israel lamentó su muerte durante treinta días.

LA PERSONA DE MOISéS

A lo largo de toda una vida con Dios, Moisés, que originalmente tenía un temperamento violento, llegó a ser el «varón de Dios» y aun el «siervo del Señor». No hay ningún otro en el antiguo pacto que se haya subordinado tan completamente a la voluntad de Dios (Nm 14.11ss). Aprendió a dominarse y humillarse, de modo que con razón pudo llamársele «muy manso más que todos los hombres» (Nm 12.3). Comprendió toda la carga de su vocación, y fue como un «padre» del pueblo, aunque esta carga se le hizo siempre más pesada por cuanto el pueblo era de dura cerviz. Siempre estuvo dispuesto a cargar de nuevo con las faltas del pueblo como sacerdote frente a Dios, a defenderlo con intercesión y a cubrirlo atrayendo sobre sí mismo la ira justa de Dios.

Con todo esto, ni el pueblo ni sus parientes más cercanos comprendieron y ayudaron a Moisés. Hasta sus hermanos se confabularon contra él. Nada pudo amargarlo permanentemente, sin embargo, porque su humildad no era debilidad. Donde se trataba del honor de Dios, podía ser inexorablemente severo (Éx 32.27). Cristo le llamó «profeta». De Moisés se afirma con más frecuencia que de otros hombres de Dios, que Dios le haya hablado. Más a menudo que a otros se le llama «siervo del Señor», o incluso «siervo de Dios». De este modo era el profeta sin igual (Nm 12.6s) que hablaba con Dios «cara a cara» (Dt 34.10), que podía ver al Señor sin verlo. Por eso su rostro irradiaba la gloria de Dios de modo que debía cubrirlo delante del pueblo (Éx 34.29).

Como «mediador del pacto», que imprimió a Israel su sello teocrático e hizo que fuera llamado el pueblo de Yahveh, Moisés estableció el arca del pacto en el santo tabernáculo. Instituyó la tribu de Leví como la tribu sacerdotal, y en medio de esta distinguió particularmente a la casa de Aarón. A ellos entregó el oficio del sumo sacerdocio y estipuló lo esencial para los sacrificios y ofrendas, según las indicaciones divinas.

Con bastante frecuencia se destaca la intervención personal de Moisés al comunicar las disposiciones divinas (Éx 24.3; 34.27; Dt 31.9), ya se tratara de escribir las leyes (Éx 24.4–7), de datos históricos, como la batalla contra los amalecitas (Éx 17.14) o de referencias a los jornadas (Nm 33.2). Con razón se le atribuye en el Nuevo Testamento una posición singular como mediador del antiguo pacto. Cristo y los apóstoles lo consideran el autor del • Pentateuco (Mc 12.26; Lc 24.44), o el mediador de la Ley, pero también se presenta junto con los profetas como dador de la Ley, especialmente junto con Elías (Mt 17.3). A los profetas correspondía inculcar de nuevo la Ley recibida en tiempos anteriores. En este sentido el Nuevo Testamento concluye que «la ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la verdad llegaron por Jesucristo» (Jn 1.17).

27 abr 2009

MELQUISEDEC

(en hebreo, Sedec es [mi] rey» o, como en Heb 7.2, Rey de justicia). Personaje misterioso del que poco habla la Biblia y mucho la tradición.Hay diversas opiniones acerca de quién era Melquisedec. Aparece de repente en Gn 14.18–20 como el rey de Salem (probablemente • Jerusalén) y el • Sacerdote del Dios Altísimo que saludó a • Abraham cuando este regresaba de la batalla con • Quedorlaomer y otros reyes. Melquisedec salió para recibir al patriarca con pan y vino, le bendijo y recibió sus diezmos (en este último punto el texto hebreo no aclara si Melquisedec dio los diezmos a Abraham o si este lo dio a aquel).

Años después, un salmista aclama a un rey davídico como un sacerdote perpetuo según el orden de Melquisedec (Sal 110.4), recordando así que David había conquistado a Jerusalén (ca. 1000 a.C.) y, por tanto, heredado la dinastía de reyes-sacerdotes iniciada por Melquisdec.Jesús identifica a este rey aclamado como el Mesías (Mc 12.35–37), y por tanto la carta a los hebreos desarrolla el tema del sacerdocio de Jesucristo (5.6–10; 6.20–7.28) a la luz de estos pasajes. En 7.1–19 la figura de Melquisedec es prominente; de su brusca aparición y desaparición.

En Génesis se concluye que su sacerdocio es «viviente» o eterno. Es un tipo de Jesucristo, por consiguiente su sacerdocio es superior al de Aarón y el levítico, cuyos sacerdotes son mortales.Algunos rollos del mar Muerto (• Qumrán) elaboraron teorías sobre el simbolismo de Melquisedec.Bibliografía:O. Cullman, Cristología del Nuevo Testamento, p. 83ss.

24 abr 2009

Pablo de Tarso

(en griego, Paulos, cf. en latín, pequeño). «Apóstol a los gentiles» (Ro 11.13) llamado también Saulo (en hebreo, pedido; • Saúl). Probablemente llevaba ambos nombres desde la niñez, pero comenzó a usar el nombre grecorromano al iniciar su ministerio entre los gentiles. Su conversión al evangelio fue una prueba contundente de la veracidad del mensaje cristiano. Sus enseñanzas han contribuido grandemente a la formación del pensamiento cristiano. Como autor, solamente lo supera Lucas en la extensión de su contribución al Nuevo Testamento. Fundó iglesias en Asia Menor, Macedonia y Grecia durante tres viajes misioneros. Trabajó ministrando en Roma y posiblemente viajó hasta España predicando el evangelio.

FUENTES

Nuestra información sobre la vida y el pensamiento de Pablo viene de Hechos y de las trece epístolas paulinas. En Hechos, Lucas no ofrece una biografía de Pablo, pero ha dejado mucha más información biográfica de la que se halla en las cartas de Pablo. Además de mencionarlo varias veces en la primera sección de su libro, Lucas dedica por completo los últimos dieciséis capítulos a Pablo. Aunque trece epístolas del Nuevo Testamento se atribuyen al apóstol, quizás haya escrito muchas más (cf. 1 Co 5.9; 2 Co 2.4; Col 4.16).

Aquí damos por aceptado que • Hebreos no es de Pablo. Pero la crítica liberal pone en tela de juicio que las • Epístolas Pastorales sean suyas basándose en lo siguiente:
1. Diferencias de estilo y vocabulario.
2. Un argumento histórico apoyado en que las Pastorales no encajan la vida de Pablo tal como esta se relata en Hechos.
Sin embargo, no podemos olvidar que Pablo tuvo uno o más secretarios que colaboraron en la redacción de cartas auténticamente paulinas como Gálatas. Además, no debemos dar por sentado que Hechos nos lleva hasta el fin de la vida de Pablo, cuando en realidad lo deja en Roma, ca. 63, y es muy posible suponer otros años más de ministerio y otra prisión antes de su muerte.

Pablo siguió el estilo epistolar de los griegos: comienza con el nombre del autor, el nombre del destinatario y un saludo. A menudo agrega a los nombres una descripción de la condición cristiana, tal como «siervo de Jesucristo», «apóstol», «amados de Dios» (Ro 1.1, 7). A veces menciona a otros con él en la salutación, sin insinuar que sean coautores, lo cual es evidente por el carácter personal de las cartas. Los griegos acostumbraban expresar también acciones de gracias, adulaciones y peticiones por la salud de los destinatarios. Tan característica es esta norma de las cartas de Pablo que su omisión en Gálatas sugiere inmediatamente la honda preocupación que motiva esta carta.

Posiblemente el apóstol haya dictado sus cartas a un amanuense (Ro 16.22), pues incluye una referencia especial cuando escribe una frase de su propia mano (Gl 6.11; Col 4.18; 2 Ts 3.17). El vigor de su estilo manifiesta lo improvisado de su manera de escribir, aunque muchos pasajes presentan una redacción más cuidadosa (por ejemplo, 1 Co 13; Flp 2.5–11) y sugieren el uso de pasajes compuestos previamente.

Las epístolas de Pablo pueden clasificarse en cuatro grupos:
1. Primera y Segunda de Tesalonicenses, escritas en su segundo viaje misionero, desde Corinto.
2. Primera y Segunda de Corintios, Gálatas y Romanos, escritas en su tercer viaje. (Reconocemos la imposibilidad de fijar con exactitud la fecha en que se escribió • Gálatas.)
3. Efesios, Colosenses, Filemón y Filipenses, llamadas Epístolas de la prisión, escritas durante el primer encarcelamiento en Roma.
4. Primera y Segunda de Timoteo y Tito, llamadas las Pastorales, la primera y la última escritas después de ser liberado de la primera prisión, y 2 Timoteo poco antes de su muerte en la segunda prisión romana.

VIDA

Antecedentes

Pablo fue producto de la civilización grecorromana y del judaísmo de sus padres. Nació en la ciudad romana de • Tarso, capital de Cilicia (Hch 22.3), y aún en años posteriores se le relacionaba con esta ciudad típica de las ciudades romanas que heredaron la civilización helénica, y un notable centro de cultura (Hch 9.11, 30; 11.25). No sabemos por cuánto tiempo ni en qué grado influyó este ambiente en el joven Pablo. En Hch 22.3 se nos indica que se crió en Jerusalén, pero no aclara desde qué año. El hecho de que sus padres fueran ciudadanos de Tarso indica que había residido allí por algún tiempo e identifica a la familia con una colonia judía permanente en aquel lugar. Esto explica en parte la facilidad, dignidad y pasión de poeta que Pablo manifiesta en su manejo del idioma griego. También puede explicar su familiaridad, aunque rudimentaria y popular, con el pensamiento y la filosofía gentil.

Muchos han notado en el apóstol la universalidad y el amor a la verdad y a la investigación, que eran cualidades del griego. No solo su procedencia de una ciudad grande y culta, sino también su ciudadanía romana era motivo de orgullo para Pablo (Hch 16.37; 21.39; 22.25ss). Esta última lo libró de la injusticia y facilitó su entrada a la aristocracia del imperio. En efecto, Pablo desempeñó el papel de un caballero romano por su compostura ante gobernadores y reyes y por el respeto que estos le mostraron. Es evidente que las instituciones romanas le impresionaron hondamente (Ef 2.19; Flp 3.20), y que se había instruido en las leyes y el vocabulario forense.

Más que sus raíces farisaicas y romanas, en Pablo influyó el judaísmo. En Flp 3.5, 6 no solo se atestigua de la pureza de su linaje, sino también de su crianza en el conocimiento del Antiguo Testamento y en un hogar de habla aramea (cf. Hch 22.2). Se jacta de las estrictas normas de su vida farisaica y de su fidelidad a la Ley. Su amor a su nación y su orgullo de ser judío, aun después de ser cristiano, se ven en Ro 9.1–5 y 10.1. (• Fariseos.)

Según la costumbre judía, debió de ingresar en la «casa de interpretación» a los quince años de edad para que le instruyeran los escribas. Su maestro fue • Gamaliel, hombre piadoso, pacífico y franco, con quien estudió a fondo el Antiguo Testamento, el griego (• Versiones), el hebreo y los métodos exegéticos rabínicos (Hch 22.3; cf. 5.34ss). Antes de su conversión a Cristo, los líderes judíos en Jerusalén respetaban a Pablo (cf. Gl 1.14) como infatigable defensor de su fe y enemigo acérrimo del cristianismo (Hch 9.1s). Según la costumbre judía, aprendió también un oficio, la fabricación de tiendas, que ejerció a lo largo de su ministerio (Hch 18.3; 1 Co 4.12; 9.14, 15; 1 Ts 2.9).

Cronología

Son pocas las fechas relativas a Pablo que pueden determinarse con exactitud; pero ciertos datos nos proporcionan una cronología aproximada de su ministerio. La fecha más segura es la del inicio del proconsulado de • Galión de Acaya en julio de 51 d.C. (algunos opinan 52). Así pues, Pablo tiene que haber salido de Corinto antes del fin del 52. Otras fechas confirmadas son la de la muerte de • Herodes Agripa I, en 44 (Hch 12.20–25) y la de la ascensión de • Festo (Hch 24.27), en 50 ó 60. Eusebio afirma que Pablo murió durante los últimos años de Nerón, ca. 67 (• Cronología del Nuevo Testamento).

Conversión

A pesar de la esmerada preparación cultural y religiosa de que Dios había provisto a Pablo, le faltaba todavía la experiencia transformadora que haría de él un discípulo dedicado y apóstol fiel de Jesucristo. La importancia que para Lucas tuvo la conversión de este apóstol se ve en las tres veces que la menciona en Hechos (9.1–19; 22.5–16; 26.12–20). Pablo mismo comenta su conversión varias veces en las epístolas: iba camino a • Damasco en persecución de los creyentes, cuando Jesús se le apareció (Hch 9.1; 1 Co 15.8s). ¿Hubo antecedentes que le prepararan para tal experiencia? Posiblemente sus parientes cristianos (Ro 16.7) le testificaran de Cristo; y sin duda el valor, mensaje y martirio de Esteban le causaron honda impresión (Hch 7.1–8.1). Además, las palabras del Señor: «Dura cosa te es dar coces contra el aguijón» (Hch 26.14), sugieren que Pablo libraba una lucha interna. Que se rindió a Cristo instantánea y completamente se ve en su pregunta: «¿Qué quieres que yo haga?» (Hch 9.6). A partir de ese momento su corazón se le iluminó y aunque físicamente quedó ciego por un tiempo, lo guiaron a Damasco; dejó en el camino su orgullo y su odio.

Ministerio

Después de pasar algunos días con los discípulos damascenos, Pablo se dirigió a • Arabia (Hch 9.19; Gl 1.17s). Al regresar a Damasco, predicó con tanta eficacia que los judíos se levantaron en su contra y los creyentes tuvieron que ayudarle a escapar de la ciudad (Hch 9.20–25; 2 Co 11.32s).

A los tres años de su conversión, fue a Jerusalén para entrevistarse con Pedro y Jacobo (Gl 1.18s). Aquí los creyentes desconfiaron de Pablo, y para que lo aceptaran fue necesario que • Bernabé les confirmara la autenticidad de su conversión (Hch 9.26ss). Predicó con poder, pero volvió a surgir la oposición y los discípulos le encaminaron a Cesarea y Tarso, donde quizás estableciera iglesias (9.29ss; Hch 15.23, 41; Gl 1.21–24).

Al cabo de varios años, Bernabé, enviado a ministrar en • Antioquía de Siria, fue a Tarso en busca de Pablo y juntos regresaron para realizar después un fructífero ministerio en Siria (Hch 11.19–26). Con ocasión de una gran hambre en Judea, viajaron a Jerusalén (44 d.C.) llevando limosnas de la iglesia de Antioquía (Hch 11.27–30).

A continuación distinguimos tres viajes misioneros de Pablo, además de los encarcelamientos en Cesarea y Roma y un período de libertad y ministerio entre estos encarcelamientos. La iglesia en Antioquía separó a Pablo y a Bernabé para un nuevo ministerio. Acompañados de Juan • Marcos, salieron en el primer viaje misionero (ca. 47–48) del puerto de Seleucia hacia • Chipre, patria de Bernabé, donde ya se habían fundado iglesias (4.36; 13.4). Luego navegaron a • Perge de Panfilia y de allí Marcos regresó a Jerusalén (13.13; 15.36–41). Haciendo una gira por • Galacia del sur, establecieron iglesias en • Antioquía de Pisidia, • Iconio, • Listra y • Derbe (13.14–14.20). Regresaron por las ciudades de Asia y volvieron a Antioquía de Siria, donde informaron a la iglesia (14.21–28). Su estrategia durante esta misión en Asia fue predicar primero en la sinagoga de cada ciudad. Los judíos que aceptaban el evangelio iniciaban una iglesia. Cuando los judíos inconversos se oponían con violencia, anunciaba el evangelio a los gentiles, y así se añadían a la iglesia muchos miembros más (13.42–52).

Por esta misma época se planteó la cuestión de la actitud que debían adoptar los creyentes gentiles respecto de las leyes y costumbres judías. Algunos creyentes judíos opinaban que los gentiles tenían que circuncidarse y guardar la Ley Mosaica para ser salvos (• Judaizantes). Viendo que esta doctrina contrariaba el evangelio de gracia, Pablo se opuso a los judaizantes e incluso le reprochó públicamente a Pedro el haberse separado del compañerismo de mesa con los cristianos incircuncisos (15.1, 2; Gl 2.11–14). (Algunos piensan que fue entonces cuando Pablo escribió • Gálatas, a las iglesias recién establecidas en la provincia política de • Galacia.)
Para resolver esta cuestión que hacía peligrar la unidad de la iglesia, un grupo de los apóstoles y ancianos se reunió en Jerusalén (49 d.C.; • Concilio de Jerusalén). Según Hch 15.23–29 en dicho concilio se decidió apoyar la doctrina paulina que eximía a los gentiles de observar la Ley de Moisés.

En el segundo viaje misionero (ca. 49–51) Pablo se hizo acompañar de Silas, y visitó de nuevo las iglesias de Asia; en Listra invitaron a Timoteo a unirse a ellos (15.36–16.5). Después de predicar en • Frigia y Galacia del norte llegaron a • Troas, donde Pablo tuvo la visión del varón macedonio y donde se les juntó Lucas el médico (16.6–10). Atravesaron Macedonia y fundaron iglesias en • Filipos, • Tesalónica, • Berea, • Atenas y • Corinto (16.11–18.17). Desde Corinto Pablo escribió 1 y 2 Ts (ca. 51) a la joven iglesia donde había tenido un breve pero eficaz ministerio hacía pocos meses (1 Ts 1.2–2.20). Después de un año y medio en Corinto, regresó a Antioquía de Siria pasando por Éfeso y Cesarea (18.18–22).

Habiendo permanecido un tiempo en Antioquía, Pablo comenzó su tercer viaje volviendo a las regiones de Galacia y Frigia, donde confirmó a los discípulos y les instruyó respecto de la ofrenda (18.23; 1 Co 16.1). Este tercer viaje misionero (ca. 53–58) tiene especial interés por el prolongado ministerio del apóstol en • Éfeso: «Todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús» (19.1–41; 20.31).

Seguramente el alcance del ministerio de Pablo se extendió a través de los que se convirtieron en este importante centro comercial y cultural de la provincia de Asia. (Aunque en Hechos no se consta que Pablo haya estado preso en Éfeso, hay quienes opinan que sí lo estuvo [basándose en 1 Co 15.32; 2 Co 1.8; 6.5; 11.23 y otros textos] y que allí se escribió • Filipenses y tal vez otras Epístolas de la prisión [pero cf. más abajo]). No cabe duda que, durante su ministerio en Éfeso, Pablo se escribió con los cristianos en Corinto, comenzando con una carta que se ha perdido (1 Co 5.9; • Corinto, Epístolas a los).

Cuando llegó a Éfeso la noticia de la discordia entre la congregación de Corinto, escribió 1 Co para tratar este problema y contestar las preguntas que una comisión de Corinto le había traído por carta (1 Co 7.1). Según 1 Co 16.5, Pablo pensaba pasar por Macedonia rumbo a Corinto y dirigirse después a Jerusalén. Sin embargo, parece haber cambiado de idea (2 Co 1.15ss; cf. Hch 19.21). Optó por hacer un viaje directo y breve a Corinto movido por los problemas que aquejaban a la iglesia de dicha ciudad (2 Co 5.9; 13.1). Esta visita fue infructuosa (2 Co 2.1; 12.13–13.2), por lo que, al regresar a Éfeso, envió con Tito una carta fogosa que no se conserva (2 Co 2.3s, 9; 7.8–12).

Pablo esperaba encontrarse con Tito en Troas para saber de la reacción de los corintios, pero continuó a Macedonia donde probablemente se reunió con Tito en Filipos (2 Co 2.12s). Una vez que Pablo recibió el informe de Tito, escribió 2 Co y la envió con él y otros dos hermanos (2 Co 8.16–24). Después se dirigió a Corinto, donde ministró durante tres meses (Hch 20.1–3). Gálatas quizás se escribiera en Corinto; por lo menos el énfasis que en esta epístola se pone en la salvación por gracia hace creer a muchos que se escribió poco antes de Romanos, epístola que trata de temas similares. La epístola que sí se escribió en Corinto fue • Romanos (Ro 16.1, 23; 1 Co 1.14). Luego Pablo volvió a Macedonia donde se reunió con Lucas, quien evidentemente se había quedado en Filipos en el segundo viaje (Hch 20.5 «nos»). Pasaron por Troas, • Mileto, • Tiro, • Tolemaida y • Cesarea, antes de llegar a Jerusalén (20.6–21.8).

Arresto y prisión

En Jerusalén Pablo quiso identificarse con los judíos (Hch 21.21–27); algunos judíos de Asia alborotaron a los de Jerusalén, quienes, acto seguido, procuraron matarlo (21.28–31). Las tropas romanas intervinieron para salvarlo, y Pablo se exculpó ante la multitud y ante el concilio judío (21.37–23.10). Al descubrirse que se tramaba una conspiración contra Pablo, se le trasladó a Cesarea (ca. 58). Allí presentó dos veces su defensa ante el gobernador • Félix, ante su sucesor, Festo, y ante el rey Agripa (24.2–26.32). Al fin apeló al emperador romano (25.10–12) (ca. 58–60).
Después de un viaje azaroso en el que naufragó la nave en que viajaba, llegó a la capital del imperio y permaneció prisionero durante dos años en una casa alquilada (ca. 61–63; Hch 27.1–28.31). Durante esta reclusión recibió visitas, pudiendo así continuar su ministerio; en este lapso es probable que escribiera • Efesios, • Colosenses, • Filemón y • Filipenses.

El Nuevo Testamento revela muy poco sobre el resto de la vida de Pablo, pero las escasas referencias que se encuentran en sus cartas armonizan bien con las noticias extrabíblicas. Según estas, lo pusieron en libertad y emprendió otra gira misionera (ca. 63–66). En Flp 1.25 y 2.24 reitera su deseo de visitar a Filipos. En Flm 22 declara su intención de visitar Colosas. En Ro 15.28 expresa su propósito de predicar en España. Las • Epístolas Pastorales, especialmente 2 Ti, sugieren un ministerio adicional en el Oriente. Clemente de Roma, el fragmento de Muratori y otros escritos patrísticos hablan del viaje de Pablo a España. Durante este período de libertad se escribieron 1 Ti y Tit, época en que sin duda visitó Creta (Tit 1.5), Macedonia y Asia (2 Ti 1.3; 4.13s). En 2 Ti se da a entender que lo encarcalaron de nuevo, pero esta vez por autoridades romanas hostiles al cristianismo (1.15s; 4.16s). Durante esta reclusión escribió 2 Ti en medio de circunstancias adversas (4.9–13, 21). Para entonces presentía ya la muerte (4.5–8) y no la liberación como durante la primera reclusión. Según una tradición fidedigna, • Nerón lo hizo decapitar, ca. 67.

CARACTERíSTICAS PERSONALES

Las cartas de Pablo no son discursos impersonales, sino llevan la impronta de las muchas y ricas facetas de su personalidad. Por otro lado, en cuanto a su apariencia física hay poca información en el Nuevo Testamento. De 2 Co 10.10 quizás se pueda deducir que su presencia personal no era muy imponente. Los actos de Pablo (obra apócrifa del siglo II) lo describen como pequeño de estatura, calvo y gordo, con cejas espesas, nariz aguileña y constitución física vigorosa, rebosante de «gracia y atractivo». En 2 Co 12.7ss Pablo insinúa que padecía de una enfermedad debilitante (cf. Gl 4.13ss), y los sufrimientos físicos que experimentó (2 Co 11.24–29) nos llevan a conceptuarlo como un hombre de enorme resistencia.

No era solo teólogo teórico, sino también misionero experimentado y probado en peligros y persecución.

En lo que respecta a su personalidad, era un hombre acostumbrado al conflicto que conocía, tanto antes como después de su conversión, una vida de lucha y tensión entre principios opuestos. En Ro 7, Gl 5 y Ef 4.17–5.20 se nos demuestra cómo ponía de relieve el contraste entre carne y espíritu, ley y gracia, fe y obras, nuevo y viejo hombre, luz y tinieblas, Dios y mundo, justicia y pecado, espíritu y letra, primer y último hombre. En todas las cartas lo vemos oponerse al legalismo, al libertinaje, a la vana filosofía y a la apostasía.

No entra en el conflicto por motivos personales ni por rivalidad, sino porque las tensiones involucradas afectaban la naturaleza misma del • Evangelio. Su humildad se ve en su manera de tratar el problema de las divisiones entre hermanos (1 Co 1.12s; 3.4–6).
No obstante lo anterior, no se puede decir de Pablo que, por estar en continuo conflicto, fuera un hombre confundido e inseguro.

Percibía con claridad las antítesis de la doctrina y de la vida, ya que había encontrado la paz con Dios. Manifestó la tranquilidad de corazón propia de quien está completamente integrado en su personalidad, confiado en su relación «en Cristo» y contento en cualquier circunstancia (Ro 8.28, 35–39; Flp 4.4–13). Su descripción desalentadora de la criatura y la creación bajo el pecado (Ro 1.18–3.20; 8.18–22) no es la última escena del drama que narra.

Pablo ve al hombre y a toda la creación como reconciliados por Cristo Jesús, sometidos a Él y unidos en Él (Ef 1.7–10; Flp 2.9ss). El individuo incorporado «en Cristo» forma parte de un plan eterno, y su vida en esta tierra la transforma el Espíritu Santo que vive en él (Col 1.26–29).

Otra faceta de su personalidad es su capacidad para crear la amistad y para prodigar su amor y cuidado al pueblo de Dios. Manda, reprocha y exhorta solo por su afecto hacia el creyente. La lista de veintisiete nombres en Ro 16 revela una pequeña parte de su círculo de amigos íntimos. En 1 Ts 2.1–12 Pablo abre su corazón para hablar de cómo había tratado con la iglesia con la ternura propia de un padre o una madre (cf. 2 Co 11.28s).

Todo lector atento de las cartas de Pablo se maravilla de la autoridad y convicción de sus palabras, aun cuando muchos de los destinatarios no lo conocen. No obstante, Pablo no nos parece presuntuoso. Manda en forma tan natural porque ejerce una vocación indubitable. El incidente en el camino de Damasco yace en el fondo de todos sus escritos. Sabe que Dios lo ha llamado (Ro 1.1–6) y que ha recibido la revelación divina (Gl 1.12). Siente la necesidad de predicar y enseñar lo que el Señor le ha impuesto (1 Co 9.16), y esto confiere a sus escritos una certidumbre singular.
Digno de mención es también el estilo literario muy particular de Pablo.

A veces retórico como en Romanos, otras poético como en 1 Corintios 13 o muy lacónico en las instrucciones éticas; lo domina el afán de satisfacer las necesidades de los lectores. Emplea vocablos y figuras retóricas tomados de la vida militar, cortesana, deportiva y comercial que muestran que ni él ni sus lectores vivían apartados de las realidades de su cultura. No buscaba una dicción pulida y a ello se deben sus frecuentes desvíos de pensamiento y su sintaxis irregular. Le gustaba relacionarse lo antes posible con sus lectores; los interpela; les hace preguntas; pone objeciones; da respuestas. Sin embargo, no es raro que se exprese con verdadera elocuencia (Ro 8.28–39).

En el apóstol se halla una persona especialmente dotada y preparada para extender el evangelio e interpretar el cristianismo en el mundo multicultural del primer siglo. Es evidente que su iniciativa, su constancia, su férrea voluntad, su capacidad de trabajo, su tierno amor y firme esperanza provienen de su experiencia vital con Jesucristo (Gl 2.20).

TEOLOGíA

Las revelaciones que Pablo recibió y las epístolas que escribió moldearon la doctrina cristiana para todos los siglos. Muchos se han esforzado por señalar la doctrina central de la enseñanza paulina. Se han sugerido:
1. La justificación por la fe, que sin duda es una doctrina básica en Pablo.
2. Su escatología, que como esperanza y móvil de su ética, también se destaca.
3. La identificación con Cristo («en Cristo») que enriquece tanto su doctrina de la iglesia.

Todos estos son conceptos clave en sus escritos, pero la misma diferencia de opinión entre los expertos atestigua que su enseñanza es tan amplia y equilibrada que la respuesta debe buscarse en una doctrina más fundamental: la doctrina de Dios. Pablo arraigó todas sus enseñanzas en la persona de Dios, el Dios viviente, soberano, revelador, iniciador y consumador de los grandes propósitos eternos que Pablo describe.

Doctrina de Dios

Pablo hace hincapié en la soberanía divina, y para ello emplea una variedad de vocablos tales omo «predestinar», «escoger», «llamar», «propósito», «voluntad», «beneplácito». Esta doctrina no se basa pues, tan solo en una palabra, un concepto o un versículo. En tres pasajes extensos lo expone. Romanos 8.28s enseña que la posición y el futuro del creyente están asegurados porque este es objeto del propósito eterno de Dios.

Romanos 9–11 demuestra que el futuro de • Israel no depende de su mérito ni de la generación natural, sino del ejercicio de la misericordia soberana. Aparte de este principio, ninguno recibirá bendición ni salvación. Efesios 1.1–11 revela que la elección data desde antes de la fundación del mundo, está basada en el propósito y el beneplácito de Dios y tiene como fin la gloria de Él. Dios hace sus propósitos en conformidad con sus atributos y, por tanto, su plan le glorificará más que ningún otro plan.

Hombre y pecado

Romanos comienza por comprobar la necesidad de la vida de Dios que tiene el hombre, sea gentil (• Gentiles) que no tiene excusa porque ha sabido de Dios mediante la creación (1.18–23) y la conciencia (2.12–16), o sea • Judío que ha sido instruido en la • Ley de Dios (2.17–20) sin conformarse a sus normas (2.21–29). Cuando Adán pecó, toda la humanidad se rebeló contra Dios (5.12) y esta condición universal provocó que el hombre esté «muerto» en sus «delitos y • Pecados», «siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire» y «haciendo la voluntad de la • CARNE y de los pensamientos» (Ef 2.1ss). La condenación de Dios incluye la entrega del hombre a la inmundicia, a las pasiones vergonzosas y a una mente reprobada para que se manifieste su rebelión y su culpabilidad (Ro 1.24, 26, 28).
Justificación

Como la rebelión es absoluta y universal, y la pérdida es humanamente irreparable, la solución tiene que ser divina e infinita. El evangelio que Pablo anuncia y que revela la • Justicia divina es «poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» (Ro 1.16, 17), y su fundamento es la muerte y la resurrección (1 Co 15.3s) de Jesucristo (Ro 1.3s), cuyo sacrificio es una sustitución y nos imputa justicia (2 Co 5.21). La muerte de Cristo, entonces, es el precio de la redención que satisface y manifiesta la justicia de Dios (Ro 3.24ss).

La • Justificación es un término legal que significa emitir un veredicto favorable, vindicar, declarar justo. Se hace posible, no porque el hombre sea justo, sino porque se le atribuye la justicia de Cristo. Pablo no se cansa de oponer la justicia propia del hombre a la justicia divina que hemos de poseer para ser aceptos a Dios (Ro 10.3; 1 Co 1.26–31; Gl 2.16; Ef 2.8ss; Flp 3.3–9; Tit 3.4–7). Por eso, solo mediante un acto de fe puede el hombre apropiarse de la obra de salvación que Dios inició y consumará.

Identificación y santificación

La vital unión del creyente con Jesucristo es un concepto central para Pablo, como vemos en la repetición de la frase «en Cristo» y otras frases equivalentes como «en Él» (por ejemplo, Ef 1.1, 3, 4, 6). Aunque esta unión se relaciona con la justificación (Ro 8.1; 2 Co 5.21; Gl 2.17), Pablo insiste en que es el motivo y la clave de una transformación creciente y completa en la vida del creyente. La unión se efectúa por el • Bautismo del Espíritu Santo, mediante el cual cada creyente es unido con Cristo y con todos los suyos (1 Co 12.13). Entonces somos identificados con Cristo en su muerte, su resurrección y su exaltación (Ro 6.1–5; Ef 2.5ss). Morimos con respecto al pecado (Ro 6.2), al mundo (Gl 6.14) y a la Ley (Ro 7.4). Resucitamos a una nueva vida, aun antes de participar físicamente de la • Resurrección (Ro 6.4s; 2 Co 5.17; Ef 2.10), y a una posición de privilegio y bendición (Col 3.1–4). La unión es tan real que «ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios» (Gl 2.20).

El ser identificado con Cristo no permite seguir las mismas corrientes de antes (Ro 6.2); hemos de despojarnos del «viejo hombre» y vestirnos del «nuevo» (Ef 4.22, 24). El habernos identificado con Cristo y por tanto el haber muerto al pecado nos libera del dominio que antes ejercía el pecado sobre nuestra vida. La puerta al dominio divino está abierta. Aun así, cabe recomendar a los creyentes ciertas normas específicas de la ética tocante a la mentira, el enojo, la honestidad, el lenguaje y la pureza (por ejemplo, Ef 4.17–5.21; Col 3.5–17). El marido y la esposa, el hijo y los padres, el siervo y su amo reciben instrucción clara (Ef 5.21–6.9; Col 3.18–25), y Flp añade a la lista de virtudes la humildad, el gozo, la oración y el contentamiento. Según Romanos, la ética abarca también la sumisión al gobierno y el repudio de la venganza (Ro 12.17–21; 13.1–7).

Evidentemente hay fuerzas que militan contra el cumplimiento de estas exhortaciones. Pablo habla de dos clases de creyentes, el «carnal» y el «espiritual» (1 Co 2.15–3.4). Describe en detalle las obras de «la • Carne», la cual es la naturaleza pecaminosa del hombre (Gl 5.19ss), y contrasta con ellas el fruto del • Espíritu (vv. 22s). El cumplir con la ética cristiana no es un logro humano; tanto la salvación como la realización de la norma divina vienen por gracia y fe. La santidad no viene de solo luchar por obedecer una ley externa, sino de llevar el fruto de la justicia que brota de dentro del ser. El Espíritu Santo no solo nos une con Cristo, sino también mora en nuestra vida para ordenarla. La parte humana consiste en someterse a su gobierno (Ro 6.13; 12.1s) y andar en Él (Gl 5.16; Ef 5.18).

Iglesia

El mismo bautismo por el Espíritu Santo que nos identifica con Cristo también nos une con todos los creyentes en un solo cuerpo espiritual (1 Co 12.13). Pablo ilustra esta unión con varias figuras: el cuerpo del cual Cristo es la cabeza (Ef 1.22s; Col 2.19), el templo en el cual Cristo es la principal piedra angular (Ef 2.20ss), la esposa y Cristo, el esposo (Ef 5.22–33). Cada miembro del cuerpo tiene su ministerio o don espiritual para la edificación del cuerpo (Ro 12.3–8; 1 Co 12.4–31; Ef 4.11ss). Esta diversidad de funciones dentro de la unidad corporal y bajo la dirección de la cabeza produce crecimiento, madurez, conformidad a la imagen de Cristo y gloria para Dios (Ef 4.12–16). Pablo fue comisionado para anunciar el misterio de la iglesia, que une al judío y al gentil en un solo cuerpo, de modo que aun los ángeles aprenden la sabiduría de Dios (Ef 3.1–12).

Esperanza

Como el Espíritu Santo participa eficazmente en la regeneración, la santificación y la formación de la Iglesia, también su presencia es la promesa y garantía de la futura herencia del creyente. Su presencia constituye «las primicias», o sea, la muestra actual de la gloria y bendición futuras en la presencia de Dios (Ro 8.23). Su presencia es el «sello» que autentica y conserva al redimido. Es «las arras» o pago inicial que promete la finalización de la obra redentora (2 Co 1.22; 5.5; Ef 1.13s; 4.30).

¿Cuál es la herencia y la esperanza del hijo de Dios? En primer lugar es la inminente venida de su Señor (1 Ts 4.16s; • Segunda Venida). En el tribunal de Cristo se juzgarán las obras del creyente previo a la entrega de galardones (1 Co 3.11–15; 2 Co 5.10), pero el aspecto de la esperanza que Pablo más destaca es la resurrección y transformación del • Cuerpo (Ro 8.23; 1 Co 15.51s).

La extensa discusión de esta doctrina en 1 Co 15 fundamenta la esperanza de nuestra resurrección en la resurrección corporal e histórica de Jesucristo (vv. 1–28). Al hablar de las cosas finales, Pablo hace hincapié en que durante los últimos días la cristiandad se apartará de la verdad y negará aun estas doctrinas que él ha anunciado a la Iglesia (1 Ti 4.1ss; 2 Ti 3.1–5). Pero aun así, los que efectivamente hayan sido redimidos por Cristo tendrán una confianza inquebrantable ante su juez (Ro 8.31–39).

Bibliografía:

IB, pp. 354–367. DBH, col. 1383–1401. CBSJ V, 46.1–45; 79.1–166. BC VI, pp. 227–250. A.T. Robertson, Épocas en la vida de Pablo, Casa Bautista, El Paso, 1937. F.B. Meyer, Pablo, siervo de Jesucristo, Casa Bautista, El Paso, 1935. H. Metzger, Las rutas de San Pablo en el Oriente griego, Barcelona, 1962. A. Brunot, El genio literario de San Pablo, Taurus, Madrid, 1959. C.H. Dodd, ¿Qué significa Pablo hoy?, La Aurora, Buenos Aires, 1963. L. Cerfaux, Jesucristo en San Pablo y la iglesia en San Pablo, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1959 y 1960. W.K. Grossouw, Breve introducción a la teología de San Pablo, Paulinas, Buenos Aires, 1963. J. Maritaim, Pensamiento vivo de San Pablo, Losada, Buenos Aires, 1959.